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28 de abril de 2008, lunes
Escucho y no doy crédito: el conseller de Inmigración, Rafael Blasco, anuncia una nueva Ley de integración de los inmigrantes para que se comprometan a respetar las costumbres y tradiciones valencianas.
¿Cuáles? ¿La siesta? ¿Las Fallas? ¿Los Moros y Cristianos? ¿Els Pelegrins de les Useres? ¿La romería de la Santa Faz? ¿Comer paella los domingos? ¿El Valencia CF o el Levante o el Hércules o el Vila-Real?
Si el sentido común no lo impide, me veo a los diputados autonómicos del PP listando nuestras costumbres de Norte a Sur y acusando a la oposición de antipatriotas valencianos.
Es indignante que sus señorías ppopulares malgasten tanto tiempo y tanto dinero en inventar cada mañana su discurso político para hacer oposición al Gobierno de España, a costa de los ciudadanos.
27 de abril de 2008, domingo
Ha habido libros durante este fin de semana en Rocafort; entre las curiosidades, un señalador de páginas del sr. Alcalde animando a participar en la Feria del Libro 2008.
Es una lástima que las campañas municipales se confundan con las personales. Una lástima o muy poco sentido institucional. Me quedo con lo último. Quien confunde la institución que preside con su ámbito privado de poder, puede incurrir en errores muy graves; llegando a rozar, en algunos casos, el puro despotismo. A los hechos me remito, en el caso del Ayuntamiento.
En la Feria del Libro, sufragada con dinero público, no cabe que el sr. Alcalde estampe con su nombre y apellidos un obsequio para que los vecinos la visiten y la compartan; lo que tendría sentido es una campaña municipal -institucional- de animación a la participación y a la lectura.
Pero en el Ayuntamiento de Rocafort, todo lo que ocurre es por obra y gracia del sr. Alcalde. Todo. Y digo TODO.
Y si lo que se organiza parte de la Casa de Cultura, la obediencia debida a Sebastián Bosch se refleja en gestos tan ilustrativos como los que ya he señalado; y en algunos otros mucho más graves que irán aflorando.
Sin embargo, los empleados de la Casa de Cultura, en su afán de agasajar a quien les ha proporcionado durante tanto tiempo un “corralito” privado, equivocan el receptor de su mensaje: no son los ciudadanos los que merecen tanta lisonja arbitraria; son ellos los que necesitan la mejor de las suertes para salir ilesos de la protección del protagonista de su cuento particular.






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