Por casualidad esta tarde he recorrido en coche un área residencial comprendida entre los términos municipales de Bétera y San Antonio de Benagéber. Hacía algún tiempo que no visitaba todo aquello, y me ha costado reconocer lo que hace apenas unos años -pocos, la verdad- era una amplia zona de pinada. Centenares y centenares de nuevas construcciones se han multiplicado por allí.

Un sinfín de viviendas de diversos tipos ahogan las salidas hacia la CV-35. Urbanizaciones que se hacen hueco en espacios que parecen imposibles crean las necesidades de nuevos vecinos, lo que pone en serias dificultades la gestión de los servicios básicos que se generan automáticamente.

Mientras deambulaba boquiabierta por aquel bosque de ladrillos, he pensado que efectivamente existen diferentes maneras de vivir; y uno está en su derecho de decidir dónde y de qué modo quiere hacerlo. Ahora bien, nadie en su sano juicio puede pensar que si seguimos construyendo barrios fantasmagóricos enmedio de la nada sin pararnos a reflexionar sobre lo que estamos haciendo, los servicios públicos a los que todos tenemos derecho podrán ser cubiertos con las garantías mínimas de calidad y eficacia.

Asuntos que nos atañen a todos, como la seguridad, la recogida de residuos, la atención sanitaria, la educación, o la participación, quedarán reducidos a meros servicios privados al alcance sólo de quien pueda pagarlos.

Estaremos colaborando así en la construcción de una sociedad poblada de individuos cada vez más aislados, más insolidarios y por lo tanto, más injustos.