8 de abril de 2007

 

 

Tenía unas ganas enormes de ver la película, “La vida de los otros”. Y no me defraudó. Al contrario, pensé que me la hubiera podido perder por todas las obligaciones que amontono un día tras otro, y supe que no me lo hubiera perdonado. (O sea, que, afortunadamente, ayer Sábado Santo, ni el cambio de armarios, ni la limpieza a fondo de la cocina, o el “desempapelado” de la mesa de estudio, o la preparación del próxio curso que tengo que impartir, me robaron esas dos horas preciosas de proyección)

La película -sin duda una de las mejores que he visto en lo que va de año- es un relato exraordinariamente construido, volcado en un guión preciso con el que quienes participan en su brillante ejecución (director, actores, dirección artística…) logran un resultado hermoso y fascinante que atrapa al observador en la más verosímil y conmovedora de las relaciones que se puede establecer entre el espectador y la gran pantalla.

La impecable factura de la película y la efectiva historia que desgrana -por terrible y próxima en el tiempo-, deben mucho a la excelente actuación del protagonista.

El doloroso proceso de su personaje, que transcurre desde la temible vacuidad de su pensamiento, pasto fácil de las imposiciones más detestables de un régimen policial que glorifica la mediocridad del individuo, (a través de la tremenda ceremonia de la confusión de las relaciones entre el Hombre y el Estado), hasta ver inundado ese enorme vacío por la complejidad natural y enriquecedora de las vidas de otros a quienes está obligado a observar con la escrupulosa precisión de su oficio de espía; lo aboca, vertiginosamente, al razonamiento, y por tanto al inapelable cuestionamiento de la nada absoluta en la que a duras penas sobrevive.

Sólo entonces, el capitán Wiesler -así se llama el personaje- recupera parte de la dignidad arrebatada, y el casual hallazgo del libro con el que concluye su agonía, “Sonata para un hombre bueno”, le regala, además, la más hermosa y sobrecogedora de las sonrisas que merece: la suya propia.

Si el cine nos ha descubierto muchos de los horrores de la Alemania nazi, “La vida de los otros” disecciona con maestría la poderosa maquinaria represiva de la otra Alemania, y añade una indispensable vocación de análisis en la que fue su trágica y silenciosa realidad.