Jueves 4 de marzo de 2007.

Rode NT1-A

 Ya para siempre se me van a quedar las noches mudas de su voz caliente.

Carlos Llamas ha muerto de buena mañana para entregarle la noticia fresca a Francino; un bucle hermoso que enreda la muerte con la vida. Puro periodismo.

Le conocí personalmente hace tres años. Durante un viaje familiar a Madrid, Enric y yo estuvimos en los estudios de la SER (Enric, periodista de esa emisora hace ya muchos años, quería saludar a Luis del Val con quien mantiene una vieja amistad desde entonces).

Pregunté si sería posible asistir en directo a la emisión de alguno de los “grandes”, y esa misma tarde la productora de “Hora 25”, Toñi, nos llamó para invitarnos.

Carlos Llamas nos sentó a la mesa de su estudio con la misma naturalidad con la que trataba a cualquier invitado de postín para entrevistarlo. Le gustaba compartir sus dos horas de radio con personas de la calle que nada tenían que ver con los “grandes”, porque para él la radio, el periodismo y la noticia eran cosas de la gente.

Me mantuve inmóvil de emoción, bebiéndome en directo la agilidad de su discurso, su brava ironía y los gestos que decían más que las palabras. Se dejaba caer en una de las esquinas de una mesa amplia y desde allí dirigía el concierto de intervenciones que llovían por cada uno de los micrófonos. A todas esas voces él las enzarzaba en discusiones y análisis y las dejaba ir… un minuto, dos, tres, y con una maestría admirable desacía los lazos en los que se embrollaban, y recogía el hilo finísimo para convertirlo en conversación, en reflexión,  en queja o en homenaje. Y volvía a empezar.

En las pausas para la publicidad, charló amigablemente con nosotros sobre algunos asuntos de actualidad (“el caso Fabra” en aquellos días estaba en plena ebullición), y me asombró que no lo hiciera como un periodista al uso, sino como un ciudadano dispuesto a dar su opinión y a compartir la de los demás con la humildad de quien sólo quiere comprender.  Lo sentí próximo y convencido de su responsabilidad como informador. Se enfadaba con los titulares, y vapuleaba sus contenidos hasta vaciarlos de información: él quería la noticia.

Carlos Llamas era una voz densa que me ofrecía diseccionada la realidad sucedida en el día para que yo hiciera el esfuerzo de interpretarla.

Escuchar a Llamas era el último ejercicio diario para comprender un poco más hasta dónde habíamos sido capaces de llegar.

La voz que me dibujaba los paréntesis para reflexionar entrada la noche, ha callado.

 

(¡Jodida muerte!)

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