Érase una vez una mentira enorme que sostenía a duras penas sus consecuencias, aunque ni siquiera pudiera sospecharlo.

Engordada con los años,  la mentira rodaba de boca en boca en la vida de las personas que la soportaban.

Llovía sol en la víspera de Navidad, y la mentira hurgó en su armario para vestir de gala un día en que la iban a festejar. La mentira, agasajada, presidió su fiesta. En un principio remolona ante los requiebros de sus autores -como marcan los cánones de las mentiras bien construidas- acabó entregándose feliz en los brazos de quienes la inventaron.

Entre las alharacas de sus súbditos, la mentira jugueteaba con razones y silencios, y se escurría con agilidad por si alguien la rozaba. Por el inusitado ajetreo, la mentira, que ya era vieja y gordísima, rompió costuras en un mal paso, y allí mismo, sobre el escenario, se apresuraron a recomponerla sus esbirros. La mentira, quejosa y descompuesta, no soportó la vergüenza y decidió abandonar su fiesta.

Andan ahora en su compostura, pero la mentira ya no es la misma. Ha sentido el miedo.

Érase, entonces, el principio del final de esa mentira.