El ambiente estaba caldeado. Carla Navarro sabe sazonarlo.

Llegó el turno de los Ruegos y Preguntas.

 Afirma Carla, en otro momento del pleno, que es público y notorio que ella siempre ha dejado claro que quedaba excluída del acuerdo por el que los concejales con delegación precibirían una retribución de 1.000€.

Me limito a preguntarle en qué acta consta su afirmación. Asegura que todos sus compañeros lo saben, y en ese instante les anima a que se salgan en su defensa. Ninguno de ellos emite un gesto de aprobación, y es que Carlota Navarro Ganau olvida que las “charlas entre amigos” no son actos formales para hacer una declaración de principios, y muchísimo menos cuando hablamos de dinero público.

Ella se irrita; pero insisto y añado una pregunta más: ¿qué hará con el dinero que cobró indebidamente del Ayuntamiento? El asunto la colapsa, y se revuelve. En sus florituras verborréicas, afirma como un vendaval: “¡Carla no cobró, a Carla le pagaron!” Y en su particular suma y sigue de impertinencias, aclara: “¡el Ayuntamiento me sigue manteniendo de alta en la Seguridad Social!”

Como los argumentos que esgrime la hunden más en lo evidente, grita enfurecida por lo que considera una persecución a su persona, a su familia, a sus amigos, al señor alcalde, y a quien en ese momento la debía estar escuchando a 100 metros a la redonda.

No hay quien la frene. En ese momento ya es consciente de que en su irritación ha dejado que se le colara lo que la delata. Por eso recrudece aún más sus gestos y sus palabras, y alcanza lo inadmisible permitiéndose un comentario bochornoso acerca del escote de mi camisa, y la posible turbación que puede provocar entre sus compañeros de bancada.

El exabrupto es tal, que el silencio cubre el avergonzado salón de plenos. Ella intenta disculparse como puede. Su propia ira la agota, y de un brinco se levanta y anuncia, como portavoz de su grupo, que el PP quiere hacer constar su disconformidad con el grupo socialista abandonando el pleno; pero claro, solo se va ella. Nadie la secunda.

Y siguen mis compañeros, Make, Ricardo, Pilar y Luis, con papeles, decretos, acuerdos de gobierno injustificados, certidumbres y dudas. Finalizamos con propuestas en nuestros Ruegos.

Cuando acaba nuestra intervención, Carla regresa al Pleno y se come a besos -es un decir- a José Antonio González (IPR) que inicia la suya. “Aquí estoy, José Antonio. He dicho que volvería para escucharte a ti. Contigo estoy siempre a gusto”, remacha.

José Antonio la mira estupefacto, como quien observa con desagrado el aterrizaje inesperado de una mosca cojonera en su plato de sopa. 

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