20 de abril de 2008, domingo

Eso es lo que me he roto: la falange distal del pulgar del pie derecho.

Lo supe al filo de las 12 de la noche de ayer sábado; muchas -demasiadas- horas después de que un tablero se me resbalara de las manos y fuera a caerme justo en ese punto.

A las 17h. empezó mi pregrinaje por los servicios de salud públicos gestionados por la Generalitat Valenciana. Del Centro de Salud de Godella al servicio de Urgencias del Aranau de Vilanova, con un volante para ser atendida directamente por el traumatólogo; lo que debería haber evitado la sala de clasificación, puesto que ya había sido valorada por el médico de urgencias de Godella.

Pero no. Tras dos horas largas de espera, fui llamada a la sala de “Triatge” (clasificación); donde una trabajadora me interrogaba sobre lo sucedido mientras tecleaba en el ordenador -¡con un solo dedo!- lo mismo que yo ya le había relatado al médico de Godella y que constaba en el volante que tenía ante sus ojos.

 

No pude evitar la sala de “triatge”.

Transcurrieron un par de horas más hasta que me visitó un médico (no traumatólogo), y éste fue el que felizmente decidió que había que hacerme unas radiografías. Eso mismo había dejado escrito el médico que me atendió en Godella a las 18h., pero hube de esperar hasta las 22h. para que otro médico opinara lo mismo a la vista de lo escrito por el primero y del aspecto azulado e hinchadísmo de mi pie en la zona señalada por otro facultativo cuatro horas antes. 

Pedí un calmante, y el médico me lo suministró con una sonrisa, asegurándome que lo iba a necesitar porque había “cierto retraso, como siempre”.

Regresé a la sala de espera: es curioso observar a los que convivimos en esa zona durante tantas horas. Se palpa el cansancio, se tensa la amargura, se enfría el dolor, crece el desasosiego, aumenta la indignación, huele el miedo…la vida a medias.

Llegó una mujer joven con un bebé y una maleta. Había sido víctima de malos tratos y se sorbía las lágrimas mientras lloraba su soledad en este país. A través del móvil se comunicaba con alguien a través de un teléfono de asistencia inmediata; escuché que eran felices, aunque él a veces se ponía nervioso. Él es español de Valencia -balbuceaba al teléfono-, lleva pegándome desde el martes y aún no sé por qué. Esta noche le he dicho basta.

Tengo miedo, repetía. Y las lágrimas no la dejaban seguir. Se lo llevó la Policía, ¿hasta cuándo?, preguntaba. Tengo miedo, y se ahogaba de pena.

Por fin me hicieron las radiografías, y cuando regresé a la sala de espera la mujer joven seguía allí con su niño en una mano, y en la otra la maleta.

El traumatólogo me atendió a las 12 de la noche, y diagnosticó una fractura de la falange distal del pulgar del pie derecho. Lo hizo con amabilidad y muy pocas palabras. Las suficientes para que yo le entendiera, y las mínimas para que él no se agotara en su intento de explicármelas.

No volví a la sala de espera, pero escuché al bebé llamar a su madre.

 

 

 

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