11 de febrero de 2009, miércoles

Eluana Englaro, una joven italiana de 21 años en 1992, logró ayer ganarle un pulso titánico al mismísimo Berlusconi.

 Il Cavalieri Berlusconi debió torcer el gesto que aún le permitan sus múltiples intervenciones quirúrgicas de estética, cuando Eluana, al atardecer, se rindió a la generosidad de la muerte tras 17 años de vida en cautiverio.

Mientras el Senado italiano debatía -a petición de los partidos de la coalición derechista que gobierna el país- cómo alargar la agonía mortal de Eluana, ella abandonó el mundo al que la mantuvieron atada de pies y manos (su cabeza nuna estuvo ya en él desde aquel trágico accidente del 18 de enero de 1992) sin que nada de lo que la rodeaba delatara algo más que el pitido de la máquina infame que la sujetaba en contra de su voluntad.

Escuché a su padre, Beppino Englaro, minutos antes de que la piltrafa en la que se había convertido su querida hija expirara, y aprendí una lección de serenidad y de generosidad extraordinaria.

Oí los lamentos de Berlusconi tras conocer el desenlace de la joven, y comprobé una vez más que la deshonestidad de los déspotas no conoce límites.

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