16 de abril de 2009, jueves

Así es, lo hago.

Por la mañana, en el trayecto de casa a mi trabajo no puedo sustraerme a la tentación de tantear cuál será la espita que elegirá para explosionar la crispación que puedo encontrar más tarde en cualquier parte: en un taxi, en un café, en un pleno, en una conversación trivial…

Si Jiménez Losantos desaparece de las mañanas de la COPE -como ya le ha anunciado el presidente de la empresa, Coronel de Palma- no quedará nadie capaz de proferir tantos insultos, bromas de mal gusto, y faltas de respeto, en el tiempo record de un par de minutos.

Su singular sentido de la Libertad de Expresión le anima a vociferar sin descaro calificativos como “estúpido”, “inculto”, “maricomplejines”, “nauseabundo”, “idiota”, “traidor”, “caradura”, “bobo”… … referidos tanto a personajes de relevancia pública y porlítica, como a instituciones del Estado; y afirmaciones intolerables basadas en el simplismo más vulgar.

Hay gente que se sorprende de que yo escuche a Federico J.Losantos; pero han de saber que también leía con fruición la columna de Mª Consuelo Reyna en su época de subdirectora de Las Provincias, y a Jesús Sánchez Carrascosa en aquel libelo* sostenido en buena parte por la administración pública valenciana -y muy especialmente por la Generalitat que presidía su gran amigo Eduardo Zaplana-, que se llamó Diario de Valencia.

Existen personajes que cabalgan sobre los medios de comunicación para disparar a bocajarro sobre todo aquel que no se ajusta a sus deseos. Y digo bien: a sus deseos. No se trata de emitir opiniones, ni de discrepar expresándose con mayor o menor contundencia; se trata de injuriar, de mentir, de manipular, de confundir, y de acosar hasta el derribo a quien sea o a lo que sea que entorpezca sus intereses (privados, empresariales…)

Este tipo de “periodista” no duda en poner en peligro la convivencia pacífica, el respeto, las instituciones, el diálogo, el derecho a discrepar… o sea, todo lo que hemos logrado construir juntos con esfuerzo y con muchas renuncias.

El discurso de J.Losantos cala con fuerza en una audiencia seducida por la simplicidad de sus afirmaciones, la fiereza de sus palabras y la fanfarronería de su tono. Es un provocador nato que alimenta los más bajos sentimientos; ésos que la gran mayoría guardamos bajo siete llaves para dejar que la reflexión y la ponderación hagan su labor antes de pronunciarnos.

¿Cómo no voy a escuchar a J. Losantos durante unos minutos cada mañana, si lo que escupe salpica y embadurna a una parte de los ciudadanos?

¿Cómo, sino, voy a conocer cómo cuece la derecha española más retrógrada el “apoliticismo” de la sociedad?

¿Cómo voy a saber, si no escucho a Federico, cómo se las gasta esa derecha para sembrar la desconfianza en las instituciones?  

¿Cómo voy a imaginar, si no compruebo por mí misma el veneno que inocula Federico cada mañana, sus habilidadades para extender la sensación -que ellos han creado concienzudamente- de que todos los políticos somos iguales?

Sí, yo escucho a Federico J.Losantos; por eso sé lo que puedo encontrarme mañana mismo en mi propio Ayuntamiento.

*www.rae.es

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