23 de junio de 2009, martes

Cuando la belleza se instala para siempre en un lugar, endurece los pasos de quienes lo habitan.

Los vieneses ignoran una parte de su ciudad, porque temen quedar atrapados en lo que nosotros -los viajeros- adoramos de ella.

He leído en alguna parte que en 1683, el emperador brindó el favor a un famoso espía por sus brillantes servicios en la guerra contra los turcos,  para que abriera por primera vez un establecimiento donde servir cafer.  Desde entonces, los cafés de Viena son lugares singulares para las personas que desean estar a solas y para ello necesitan compañía.

Eso es Viena, un lugar hermosísimo donde las individualidades no permiten un roce en las mejillas, ni un abrazo público; donde, sin embargo, el contacto visual es imprescindible y aún lo es más la proximidad en la medida en que exquisitas formas (frías, distantes, diríamos nosotros) marcan el territorio de cada uno.

Viena, durante estos días, se niega a conceder el paso al verano. Por eso, el frío que sigue agazapado en esta ciudad dueño de ella que es, brinca un día y otro ante la sorpresa de turistas y de viajeros.

La angustia de Viena tiene que ver con todo ello, y con la belleza de su arquitectura, con el maravilloso trazado urbano medieval y el espléndido del imperio. Con los jardines inabarcables, y el jolgorio silente de los vieneses. Así es esta ciudad deslumbrante: proclive a psicoanalizar lo que tuvo y lo que retiene.

Viena es una Madame Bovary angustiada y feliz a un tiempo; a su manera, Viena sigue siendo la Emperatriz Sissi y su rebeldía ahogada;  la misma que durante siglos músicos, psiquiatras, arquitectos, y escritores han querido explicarle al mundo con mayor o menor fortuna.