7 de agosto de 2009, viernes.

Por primera vez desde que naciste, no te he desperatado el 7 de agosto con un beso.  Nos quedan miles que regalarnos, pero los despertares seguirán menguando.

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A mi niña le gusta que el día de su cumpleaños haya lucecitas en el calendario, y se debe, sin duda, a que una fecha tan intempestiva para celebrarlo le restó convocatorias numerosas mientras fue pequeña. Nacer un 7 de agosto tiene sus desventajas cuando eres niña, porque tu mundo desaparecía por arte de magia con el fin del curso escolar.

Por eso, en casa, siempre fue fiesta de guardar el 7 de agosto. Comenzaba el día comiéndote a besos, un desayuno de «hotel» -como le llamábamos nosotras, ¿te acuerdas?-, un buscador de regalos, y un día de playa que nunca acababa del todo.

No sé a partir de qué momento desde tu nacimiento, comprendí que tú y yo no éramos lo mismo, aunque extrañar el vacío que tu llegada provocó en mi vientre me ayudó a comprender el deslinde definitivo; el físico, porque el afectivo crecía desmesuradamente a medida que avanzaban las horas. 

Tu hueco en mi enorme panza de aquellos primeros días te nombraba en un presente para siempre diferente; y yo te susurraba mirándote incrédula de gozo y de miedo: Fiona…, mientras aprendía a entender que el amor hacia a ti que me iba inundando no tendría fin.

Nuestra dependencia mútua fue perfilándose. La tuya, vital; la mía,  letal.  Tú dependías de mi alimento y del confort que te procuraba para sobrevivir: los puntuales baños, las visitas al pediatra, la cuna limpia, los paseos diarios, los besos y los mimos…, mientras a mí me enroscaba la urgencia de engancharme a tu vida porque ya había aprendido que la pena me mataría si no existieras.

Así crecimos juntas, cariño: yo a la mío que eras tú, y tú a lo tuyo para hacerle sitio a tu vida.

Esta mañana, antes de salir de casa hacia el trabajo,  he pasado unos minutos en tu habitación. (Hubo un tiempo, en tus ausencias cuando eras una niña y más tarde, cuando te fuiste a Tarragona,  que me resultaba insoportable hacerlo.  Mantenía cerrada tu habitación para no enfrentarme al temible abandono definitivo que yo barruntaba, cada vez más, como un hecho inevitable)

 Ya no me ocurre. Una madre acaba curándose de esas insensateces cuando descubre que su hija ya no es parte de sus propias contradicciones; y tras ese acontecimiento -larvado en los años- sucede con frecuencia que un reparador alivio recompone tu figura de mujer, a la par que la de tu hija, aún tambaleante en ocasiones, se dirige hacia otros destinos.

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 Tu cuarto está listo para que regreses cualquier día de estos:  fotos que enmarcan el recuerdo al que me resisto -todavía…-, el cojín de tu cunita que aún conservas bajo la almohada, los libros que atesoras, las carpetas ordenadas de tus apuntes desde tus primeros años hasta el final de tu carrera universitaria, la música que apilas, tus cachivaches en los cajones,  los disfraces, tu colección de bolígrafos, … …

Hoy es 7 de agosto, hija, tu día por derecho propio.

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En mi caso, asisto emocionada al aniversario del alumbramiento deseado que este oficio de vivir en el que seguimos enredadas, me convirtió felizmente en tu madre.

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Te quiero.