20 de septiembre de 2009, domingo.

El viernes por la tarde estuve en el oficio religioso que se celebró en la iglesia por le muerte de José Bargues (Pepet “el zurdo”), padre de uno de mis mejores amigos.

Como cualquier otra actividad que tiene que ver estrictamente con la esfera privada de cada cual, acudí a título personal como lo hicieron todas y cada una de las personas que abarrotaban el templo. Todas, excepto dos: Sebastián Bosch y Agustín Aliaga, que se encaminaron hacia el Altar y ocuparon sus puestos como alcalde y concejal, respectivamente.

No deja de sorprenderme hasta adónde alcanza la confusión que ambos mantienen entre su representación política y pública, y su presencia en una actividad que sólo puede circunscribirse al ámbito más íntimo de las personas.

De verdad que no sé cómo puede explicarse que Bosch y Aliaga, en éste y otros casos iguales, hagan prevalecer por encima de cualquier consideración de amistad o de co-vecindad con el finado o con sus familiares, su condición de cargos electos. Porque cuando uno antepone eso a cualquier otro sentimiento en los que se basan las relaciones humanas y ciudadanas, está confundiendo su deseo inconfesable (el de sentirse “coronado” en cada una de sus apariciones) con la verdera obligación ética de un personaje público.

Anuncios