3 de noviembre de 2009, martes

Cuando otro escribe las mismas palabras que yo pronunciaría, lo vivo como una feliz casualidad. Y el domingo, en la edición de El País Semanal, Javier Cercas convocó en su artículo ese pequeño milagro.

Su reflexión la tituló “Milagro en Madrid, y en ella defendía con absoluta contundencia el derecho a la discrepancia, que él entiende  siempre -y yo también- bajo un punto de vista intelectual y jamás moral;  lo que es, al fin y al cabo, el principio de la tolerancia.

Personalmente, considero ruinosa la creencia populista  de que “todas las opiniones son respetables”.  Perdón, pero no. Existen opiniones respetables y hay otras que han de ser combatidas. Valga un ejemplo clásico: en opinión del Ku-Kux-Klan, las personas de raza negra no tienen derechos. No es una opinión respetable.

Lo importante de las palabras de Javier Cercas -y que suscribo punto por punto- es la edificante aportación que hace a la desmitificación de la “respetabilidad” de los juicios de valor.

Si tú que me lees no estás de acuerdo con mi opinión, no tengo derecho a pensar que lo haces porque militas en un determinado partido político -y eso anula tu capacidad de pensar por ti mismo-, o porque no estás en disposición de mantener un debate a la altura.

Y si yo discrepo de tu opinión, no tienes derecho a pensar que lo hago porque estoy atada a determinada militancia política, y no soy capaz de resolver por mí misma un debate en toda regla.

Así son las cosas, o así deberían ser. Porque yo, como Javier Cercas, también estoy convencida de que hace falta mucha formación democrática y política para no caer en tanta torpeza.

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