10 de noviembre de 2009, martes

Cuando la realidad cruje, yo voy al cine.

Eso hice ayer; al salir del trabajo, compré una entrada y eché el cerrojo a mi jornada.

Entré sabiendo que algunos reputados críticos han reprochado a la cinta una falta considerable de emoción; pero nunca pierdo la confianza en el talento de Amenábar desde que, a sus 23 años, en su primera película, nos congeló en la butaca con aquella “Tesis” despiadada con el espactador ingenuo.

En una sala medio vacía, de lunes al anochecer, dejé en manos de un director excelente los ruidos de mis sentidos para el estrépito de cualquier sentimiento. Y estallaron.

Con un discurso técnico brillante y una audacia intachable, Amenábar entrega a la reflexión todo el dolor que brindan personajes tan estimulantes como Davus, o la serenidad virtuosa de Hypatia.

Sólo pido eso a cambio de lo que pago por  mi entrada: que al otro lado de la cámara exista quien sea capaz de cargar la suerte en cada plano, que urda la trama que me retenga y que me conduzca a su antojo.

“Ágora” me ha conmovido, porque cuando sigo reconstruyéndola fuera de la sala sé que he visto algo muy cercano a este colapso de lo contemporáneo.