25 de noviembre de 2009, miércoles

La violencia es una actitud ante la vida que se fragua al calor del desprecio hacia las diferencias; la rabia provocada por la propia incapacidad para entenderlas y aceptarlas, delata a los violentos.

La violencia se cultiva en el caldo del odio, de la incultura,  y de la inaudita prepotencia que se construye sobre las relaciones de poder (real o ficticio, y siempre transitorio)

Hoy es un día para reflexionar sobre todo esto; se conmemora el 49 aniversario del asesinato de las hermanas Mirabal, a manos del ejército del dictador Trujillo.

Años más tarde, cuando el 25 de noviembre se dedica a la Jornada internacional contra la Violencia de Género, firmamos Manifiestos preñados de buenas intenciones y nos comprometemos a que valores fundamentales como el respeto y la igualdad protagonicen las relaciones humanas.

Parodójico que eso ocurra el mismo día en que mi alcalde, en uno de sus cada vez más frecuentes ataques de ira, en una comisión de Urbanismo haya respondido a las preguntas que no quiere escuchar a voz en grito y con frases lapidarias como éstas: «¡aquí mando yo, y se hace lo que yo digo!».

O como éstas otras: «¡Que sí, que me ponéis nervioso, que no os aguanto […] que éste es mi pueblo y no es el vuestro.  Ahora vete y escríbelo en la web esa que tienes, y yo me río!» 

Y no invierto más tiempo en transcribir otras barbaridades que ha vociferado fuera de sí, alardeando de un poder que es manifiestamente incapaz de administrar, porque prefiero cerrar el día de hoy con la lectura de un libro delicioso de Doris Lessing  («Canta la hierba») que me tiene entusiasmada.

Esto pasa en el Ayuntamiento que es el vuestro y el mío. Aquí y ahora.

Y sí, hoy he hablado de violencia; y de quienes la viven convencidos de que el poder (transitorio) que ejercen, les permite ése y otros abusos intolerables contra los ciudadanos y las ciudadanas.