10 de diciembre de 2009, jueves

Hoy he sabido que al concejal Llácer le resulta “muy desagradable”  este blog.

Le molestan muchísimo algunos comentarios, en su opinión intolerables, que ha provocado la reciente Sentencia del Supremo.  Especialmente irascible que andaba hoy, ha satisfecho su nerviosismo por la misma Sentencia, que ha fallado en contra de su irresponsable actuación como concejal de Hacienda en 2003 [y hoy, añado],  acusándome de confundir a la opinión pública por señalar que ojalá la devolución a la que ahora nos obliga el alto Tribunal la tuvieran que pagar él mismo y el alcalde, en lugar del Ayuntamiento. Según él, “es como si ese dinero nos lo hubiéramos quedado nosotros, cuando en realidad están gastados en servicios públicos como puede verse!”

Me hubiera gustado informarle de que modero las intervenciones en mi blog (¡con las críticas que me llueven por eso!), y que ni se imagina el contenido de algunas opiniones que elimino sin contemplaciones.

Me hubiera gustado explicarle que los ciudadanos aspiramos a que los errores provocados por la soberbia y la necedad en la gestión pública, sean pagados al contado y por cabeza; y que para ello disponemos del derecho a manifestarnos y de la fuerza y la voluntad del voto.

Pero hoy Llácer sólo estaba dispuesto a mostrarse encantado de haberse conocido: es decir, que nos limitáramos a oír y a callar que para eso son ellos quienes gobiernan (“somos el equipo de gobierno y tomamos nosotros las decisiones”, sic).

A cuenta de ese Principio Fundamental, ha sometido a votación la ejecución de la Sentencia del Supremo, de este modo:

Compensando en el recibo del IBI de 2010 la cantidad cobrada irregularmente en 2004, y los intereses de demora devengados desde la fecha de la Sentencia (22 de octubre de 2009) hasta el 1 de enero de 2010.

Cuando le hemos preguntado cuáles eran las razones para establecer el periodo de intereses en dos meses y ocho días, él, que hoy interpretaba el papel de “aguerrido jurista sobradamente preparado“, ha disertado sobre el fondo de la sentencia concluyendo que ni obliga a la devolución, que ni él ni su grupo actuaron indebidamente, que no se reconoce que tuviéramos razón y que el Supremo al declarar la “ineficacia del acto” permite acortar el periodo para la contabilización de los intereses.

O sea, que no cometieron un tremendo error a sabiendas de lo que hacían y que nadie les obliga a la devolución de lo cobrado. Sin embargo, y a pesar de eso, como estamos en vísperas de Navidad, han decidido por iniciativa propia mostrarse generosos y devolver a los vecinos más de 400.000€, simplemente porque sí.

Pim-pam-pum. 

Todo lo anterior, en parte gracias a las valoraciones jurídicas del propio Llácer, y el resto, a las elaboradas por un prestigioso despacho de abogados, debe contenerse en un informe que por el momento solo existe en la cabeza del propio concejal como él mismo ha admitido.

Cuando hemos intentado proponer otras soluciones para su estudio, hemos planteado la posibilidad de que algunos vecinos quisieran la devolución inmediata, y, en cualquier caso, hemos exigido ver ese informe (que se pagará con dinero público), Llácer ha preferido sincerarse de nuevo y ha dicho:

“miren, ustedes pueden hacer 16mil propuestas … las que quieran; pero este grupo municipal que es el que gobierna, ya ha tomado un acuerdo que ha hecho público entre los vecinos y esto es lo que se va a hacer. El informe lo verán cuando se haga; pero lo que se somete a votación es lo que yo digo. Y si un vecino pide la devolución le diremos que el pleno ha acordado hacerlo con el IBI de 2010, y que si no está de acuerdo que se vaya a los tribunales.”

Explicarle tanto a él como al resto de los concejales del PP presentes, incluido el alcalde, que ellos no pueden adoptar un acuerdo así como así, sin contemplar la obligación de estudiar todas las posibilidades, tratarlo en una comisión y de llevarlo a un pleno, es un esfuerzo titánico.  Lo hemos intentado.

El desasosiego que les provoca tener que someterse a las reglas mínimas de comportamiento, se manifiesta en cada uno de ellos de manera diferente. Sin duda, el más elocuente en estos casos es Aliaga: “Xé, si no anem a arribar a ningún acord, què no ho sabeu? ¿Però no teniu clar encara que lo que s’ha de votar és lo que mosatros diguem i prou?”

En el fondo, es de agradecer tanta transparencia; sobre todo, cuando el resto de los co-responsables andan ocupados en ejercicios de cinismo por razones de oportunidad y conveniencia (personal, partidista y electoral)

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