3 de enero de 2010, domingo

Pasé parte de la noche del primer día del año en la sala de Urgencias de un hospital; un hospital público que abarca una población que supera los 200.000 habitantes. Tres médicos, tres enfermeras y tres auxiliares, nueve personas con una voluntad portentosa, apechugaron con una de las noches más siniestras del año. Siniestra, porque así debe declararse ese espacio de tiempo que transcurre entre la tarde del  único día invisible del año y el amanecer de la realidad: el 2 de enero.

Durante las 6 horas que permanecí allí acompañando a mi padre (trasladado de urgencia con una ambulancia), los “9 magníficos” atendieron dos accidentes de tráfico, un atropello en un paso de peatones, una “derivación” del hospital de Alzira, un caso de malos tratos, varios niños de corta edad con fiebre altísima, dos dolores agudos de pecho, una cadera quebrada, un coma etílico, una crisis de pánico, una pierna rota, dos insuficiencias respiratorias …

Observé en primera persona el desprecio institucional hacia la Sanidad Pública; el desaliento de los profesionales y el desasosiego de las familias.

En los últimos 15 días, que por motivos familiares se han convertido en un ir-y-venir a centros sanitarios públicos, he corroborado que el verbo “malversar” es tan contundente como se merece la realidad que sufrimos los ciudadanos.

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