21 de enero de 2010, jueves

Suelo comer sola en un bar próximo a mi lugar de trabajo. Nunca sucede nada extraordinario, a no ser que el Valencia CF opere un milagro y eso sólo sucede a veces; así que la clientela habitual (operarios de diversos oficios, estudiantes de la cercana Universidad Católica, funcionarios de Hacienda …) nos enredamos en nuestras cosas sin traspasar el límite de cada mesa.

Entre plato y plato, resuelvo Sudokus, que es un entrenimiento que me relaja muchísimo (contrariamente a la opinión de algunos expertos); y escucho pedazos de conversaciones anónimas que, de un modo u otro, me ayudan a componer -y a comprender, no siempre- realidades diferentes a la mía.

He descubierto, por ejemplo, que las razones de un divorcio pueden ser asombrosas de tan sencillas como las expone la hija de las partes: “[…] si se quiere ir a vivir a otro barrio, que se vaya él. Mi madre dice que para eso se divorcia y ya está […] “

Me han sido revelados los motivos por los que la crisis económica no afecta (¿?) a la Comunidad Valenciana como creemos: “[…] no, hombre, no; aquí el PP lo está haciendo muy bien […] , hay que darle más caña a Zapatero […] lo nuestro es la construcción, ¿sí o no? […] ¿cuánto ganaste tú con lo de Cullera? […] pues a seguir igual y que los bancos vuelvan a dar hipotecas y yo podré seguir haciendo mi negocio…”

Conozco los síntomas que exhiben anomalías en una relación: “[…] ella no lo sabe, pero igual se lo imagina; ¡yo qué sé …! ¿para qué se lo voy a decir? […] como siempre estoy de viaje, nos vemos poco, y los niños […]

Ir al cine sola y comer sola, son ejercicios estupendos para comprender la vida (a veces).