30 de abril de 2010. Viernes

Ni Zapatero ni Rajoy vendrán a solucionar los problemas que tenemos aquí. Ni siquiera tienen previsto presentarse a las próximas elecciones municipales en Rocafort.

Pero Rocafort no es “la república independiente de tu casa”; sino el pueblo de todas las personas que vivimos aquí, y forma parte de un territorio más grande y de otro aún mayor.

El discurso “ideológico” puede resultar cansino a muchos; pero hay signos que demuestran que de acuerdo con los principios y valores que hacemos servir en nuestra vida diaria, también respondemos ante cuestiones públicas que nos afectan a todos; y lo hacemos de manera diferente. En los ayuntamientos, por su proximidad a los vecinos, esa diferencia se manifiesta más claramente si cabe.

Hacer “lo mejor para Rocafort” -que es una frase que repiten todos-, es tan relativo como afirmar “este calor es insoportable”. ¿Es insoportable siempre, o lo es hoy porque ayer no lo era tanto? ¿Es que “soportaremos” mejor el que vayamos a sufrir dentro de un mes? … Relativo, el calor insoportable es tan relativo al calor que hizo ayer o al que hará mañana, como lo es hacer “lo mejor para Rocafort” sin ponerlo en relación con lo que opinan los demás al respecto.

Lo que yo piense no es, necesariamente, “lo mejor para Rocafort”; porque “lo mejor para Rocafort” no es lo que uno -o una- cree, sino lo que es capaz de acordar con el máximo consenso posible. Y eso es lo que defiendo; porque es posible hacer las cosas de otra manera, con voluntad participativa, controlando el gasto en términos de eficiencia, trabajando duro y dinamizando la imaginación colectiva. Así lograríamos, para empezar, que todos nos sintamos mejor aquí.

Ahora bien, hay algunos asuntos sobre los que no tengo ninguna duda:

– ¿Es “lo mejor para Rocafort” que el ayuntamiento gaste mensualmente 6.600€ en teléfonos? Para mí, no.

– ¿Es “lo mejor para Rocafort” que hayamos crecido de manera tan desordenada en los últimos años, y que no se hayan previsto los servicios básicos necesarios para el aumento de población? Para mí, no.

– ¿Es “lo mejor para Rocafort” que la Casa de Cultura gaste anualmente más de 450.000€ -sin contar la Escuela Infantil-, y no preste el servicio público digno que cabría esperar? Para mí, no

– ¿Es “lo mejor para Rocafort” haber construido un Centro de Día, por el que hemos pagado más de 500.000€, y que permanezca cerrado desde que finalizó la obra hace ya más de tres años? Para mí, no

– ¿Es “lo mejor para Rocafort” que el acceso a los Talleres de Empleo, o a una plaza de profesorado en los PGS/PCPI, o a un puesto de trabajo en el ayuntamiento, o a un contrato de obras, …o …o …o … quede restringido a la voluntad de unos pocos? Para mí, no

– ¿Es “lo mejor para Rocafort” que los plenos se celebren a horas intempestivas para que los vecinos no puedan asistir y participar, si están interesados? Para mí, no

… Hay más, y quizá también estaríamos de acuerdo.

Reservar la actividad política a los “apolíticos” (personas sin ideología), no garantiza que harán “lo mejor para Rocafort, ni para la Comunidad Valenciana, ni para España, ni para la unión Interplanetaria …”; y, ¿sabes por qué?, porque todos somos personas, y tenemos opiniones y pensamos y adoptamos decisiones que tienen que ver con eso: con lo que creemos y con lo que defendemos. Y gobernar es priorizar; o sea, dar preferencia a una cosa o a otra según los valores que manejamos, y la escala que construimos con ellos conforman la ideología que nos identifica.

Confundir la corrupción con “colores políticos”, es un error; y no hay que culpar a los ciudadanos que lo cometen, sino a los políticos corruptos, y las organizaciones, que han pervertido el uso de la confianza depositada en ellos, para beneficio propio y de sus “inconfensables” intereses partidistas.

Lo que están consiguiendo es que un número importante de ciudadanos aboguen por la “despolitización” progresiva de la actividad pública; y eso es una jugada maestra para lograr que el “poder” malentendido se instale más cómodamente, y siga trabajando al servicio de unos pocos.

Confundir “política” con “partidos políticos”, es otro error común que embrutece aún más el panorama. En una democracia representativa, y la nuestra lo es, los partidos son los instrumentos democráticos que facilitan el derecho constitucional de las personas a participar activamente en el ámbito político. Son los únicos, según reza la Constitución -que además les concede un valor “público”-, pero desde luego hemos de ser capaces de arbitrar otros: la sociedad civil, las asociaciones, el individuo, los medios de comunicación…

En términos generales, las democracias representativas actuales (en España y en Europa) son inimaginables sin la presencia de los partidos políticos, porque, de otro modo, sólo los individuos poderosos (social y/o económicamente) podrían acceder a los cargos públicos de representación; y eso, como es comprensible, no garantiza lo mejor para el interés general, sino todo lo contrario.

No soy “apolítica” (nadie lo es), pero sí soy independiente aunque milite en un partido político; o precisamente por eso. Porque no dependo de las personas que forman parte de él, ni de cómo sopla el viento, ni de qué me conviene a mí personalmente defender hoy; sino que me sumo libremente a los valores que lo sustentan desde hace más de 125 años, y que convocan los principios de libertad, de respeto, de solidaridad, de trabajo, de progreso sostenible y de servicio público, entre otros, como pilares fundamentales de un proyecto político abierto, participativo, plural y responsable.

Los partidos políticos no desengañan a los ciudadanos, sino las personas -pocas o muchas- que forman parte de ellos. Y en nuestra mano está, como individuos “políticos” que somos todos -militantes o no de organizaciones políticas-, trabajar en la parte que nos corresponda a cada uno: tanto para desterrar prácticas deleznables y a los personajes que las ejercitan, como para construir soluciones razonadas que conjuguen los idearios con las aspiraciones de los ciudadanos.

El ciudadano tiene una responsabilidad política mucho más trascendente que votar o no votar cada cuatro años; pero sólo depende de él tomar la decisión de ejercerla, y de reclamar a sus representantes las explicaciones que están obligados a dar.

Creía oportuno aclara esto tras las intervenciones reiteradas, y en ocasiones confusas, de un interviniente en este blog.

Gracias por leer hasta aquí.