2 de mayo de 2010. Domingo

Mi madre me mira y no pestañea, porque cuando los ojos se posan sobre una hija bucean sin respiro para comprobar cómo late la vida.

Cuando mi madre me mira, me come a trocitos y a besos, como cuando era una niña y yo me dejaba hacer mientras me emperifollaba para ir a misa de domingo.

Hoy mi madre me miraba mientras servía la comida, y no desantedía con sus ojos al resto de sus hijos; y miraba ella, y nosotros sabíamos que ahí sigue por si hay una herida o por si la dicha se multiplica.

Mi madre me mira aunque estemos lejos; porque las madres desarrollan habilidades extraordinarias a través del teléfono y de la ausencia. Aún me asombro de cómo mi madre me mima a mis 51 años, con ese amor inmenso e indescifrable que contiene cada uno de sus gestos.

La miro, me mira, y no quiero saber qué será de nosotras algún día.