17 de mayo de 2010. Lunes

¡Vaya mayo! … Si deshojar el calendario nos asegurara que pudiéramos olvidar lo sucedido, en las calles se amontonarían nuestras incertidumbres, nuestra desazón y nuestra perplejidad.

Las calles siguen razonablemente limpias (es cierto que las de Rocafort rebosan basura; y no caben licencias poéticas en ellas), a pesar de que ha existido el 12 de mayo, el 13 de mayo y el 14 de mayo.

Por eso precisamente, deducimos que arrancar las hojas del calendario no permite olvidar lo que sucede: medidas económicas extraordinarias para frenar el déficit público, la imputación del president de la Generalitat, la expulsión de la carrera judicial del juez Garzón, el amago de convocatoria inminente de elecciones autonómicas …

De la confianza, poco que decir; a estas alturas del trance colectivo, ya sabemos varias cosas:

Una: hemos aprendido que los “Mercados” tienen cuerpo y alma, y nombres y apellidos con los que rubrican sus fechorías sin inmutarse. Poner en jaque la vida de decenas de millones de euopeos, su bienestar y su seguridad económica y social, es una decisión en la que invierten solo unos minutos y billones de euros y dólares ajenos, sin que se les mueva una pestaña.

Dos: hemos comprobado que para las políticas socialdemócratas y de izquierdas, el aumento del “déficit público” es inevitable en situaciones de comportamiento económico crítico, -propiciado por años de crecimiento insostenible-, porque el Estado debe intervenir en beneficio de las personas, para corregir las desigualdades provocadas. Por el contrario, el “déficit público” es aborrecible siempre, y en cualquier caso, para las políticas conservadoras y ultraliberales.

Y estamos constatando que son éstas últimas las que ganan la partida porque son las que insuflan su “alma, corazón y vida” a los mercados.

Tres: formamos parte sin saberlo,“de Finisterre al Cabo de Gata”-, de los 45 millones de españoles que estamos convencidos de que el president de la Generalitat es inocente, honrado, y un dechado de virtudes que ni siquiera alcanzamos a enumerar … pero también sabemos que ya es mala suerte para él que, de 45 millones, las únicas cinco personas que creen justo lo contrario, sean, precisamente, los magistrados del Tribunal Supremo que debían resolver su situación judicial.

 

Cuatro: hemos asistido atónitos al hecho de que asociaciones de extrema-derecha sienten en el banquillo al juez que investiga los crímenes y las desapariciones perpetrados por sus ideólogos de origen, con la inestimable ayuda (técnica) del magistrado que lleva la causa; aunque para ello haya tenido que desentenderse de la doctrina propia del Tribunal al que sirve.

Y cinco: hoy día 17, hemos conocido que la suerte no es un hecho insólito, sino que puede ser habitual como le ocurre con frecuencia al inefable Fabra: la fortuna en Navidad le sonrió cuatro veces en cinco años; después, la suerte se condujo con recato durante un par de años para asestarnos a todos (sufridos administrados del personaje) un gordo de 2 millones de euros en connivencia con El Niño en 2008.

Ya sabemos lo que sospechábamos, pero seguimos aprendiendo más cosas con las que podremos seguir construyendo nuestras opiniones.

En momentos tan delicados como los actuales, cobra especial relevancia la cobardía de algunos dirigentes políticos que anteponen sus intereses partidistas y/o personales, a las exigencias que les reclaman los ciudadanos. Dar la cara, exponerse ante la opinión pública, y rendir cuentas, hoy, quizá como nunca, es una obligación ineludible.

El presidente del Gobierno de España lo ha hecho sin importarle que su futuro electoral pueda resentirse considerablemente.

Por el contrario, el president de la Generalitat se refugia en los brazos de la indolencia y de la opacidad, mientras le susurran el cuento de “Juan Sin Miedo”, sin revelarle el final, y él sigue esperando que un torrente de votos le absuelva  antes de que la Justicia actúe.

En Rocafort, Llácer sigue escondido, al alcalde ni se le espera, y el resto de su grupo se diluye en sí mismo porque quizá ni siquiera hayan existido.

Las situaciones difíciles no pueden afrontarse con optimismo, es cierto; pero es posible hacerlo con la tranquilidad necesaria para la reflexión.

(Sigo esperando su respuesta, sr. Llácer)

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