(Amparo Sampedro. Artículo de opinión publicado en el semanario “La Gaceta de nuestra comarca” . Del 4 al 10 de junio. 2010. Núm. 88)

En mi pueblo, como en cualquier otro, la rabia destroza los nervios y arruina la esperanza. Los insultos exaltan los ánimos y bloquean el diálogo. La mentira enferma a quien la consume y contamina cualquier ámbito de la vida.

En Rocafort, quienes están provocando esta escalada enfebrecida, -que alcanzó un punto escalofriante durante el pleno del pasado martes-, deben reflexionar y parar esa noria infernal que tanta inseguridad despierta entre los vecinos.

Valerse de la provocación y de la infamia extiende un manto de desconfianza que hiela el corazón de los ciudadanos, y los hiere tan injustamente que difícilmente pueden soportarlo. Porque, además, cualquiera de ellos, a lo que aspiran es a que el gobierno municipal les preste la atención que merecen, el respeto que se les debe, y el cuidado de sus intereses comunes; y, sin embargo, están obteniendo los mínimos servicios, ineficaces en muchos casos, y carísimos.

Esto tiene que parar; porque nadie acepta que razones personales o partidistas cabalguen a lomos del esfuerzo y del bolsillo de las personas que vivimos aquí. Porque nadie entiende que quienes estando al frente del ayuntamiento para velar por el bien general de los vecinos del municipio, sigan enzarzados en batallas para alcanzar cotas de poder personal a costa del bienestar común; porque nadie está dispuesto a vivir bajo sospecha por el simple hecho de cruzar un saludo o compartir una sonrisa, con quien piensa diferente.

Esto tiene que parar; ni hay buenos y malos, ni listos y torpes, ni de fuera y de dentro… Lo que hay son personas y colectivos, que están en su derecho a opinar y a participar; porque lo que sucede en un ayuntamiento compromete los intereses económicos y el bienestar de todos los vecinos.

No sé si todo esto decidirán pararlo quienes aprietan el acelerador de esa noria que únicamente conduce al desasosiego y a la incertidumbre; pero si reflexionan, comprenderán que solo existe un camino para cumplir con su obligación: gestionar con honradez y eficiencia los recursos públicos que tienen en sus manos, en beneficio del interés general. No hay otro modo de hacerlo, y el tiempo ya corre en contra de todos los vecinos.