6 de junio de 2010. Domingo

Las  consecuencias del engaño al que fue sometida la anterior arrendataria del Bar del Poli, conviene delimitarlas.

Por una parte, las contables que nos afectan a todos; y de otra, las que se derivan del comportamiento humano de quienes han urdido el engaño.

Los responsables municipales consideraron un asunto formal sin importancia -¡una vez más-, que desde el 1 de octubre de 2007 no existiera un contrato que amparara la explotación privada del Bar. La arrendataria intentó en diversas ocasiones aclarar la situación, sin embargo los responsables municipales, lejos de cumplir con su obligación, dieron largas al asunto y la animaron a no preocuparse, a seguir trabajando, e incluso a invertir en pequeñas mejoras del local.  Y ella confió en la palabra de quienes se la daban; no eran personas cualesquiera, ¡eran el gobierno local! ¿Quién no lo hubiera hecho?

El ayuntamiento seguía consumiendo los servicios del establecimiento, (gastos en Fiestas, comidas, Fallas, etc.); pero las facturas no se pagaron a partir del año 2008, porque, probablemente, alguien pensó -y decidió- que no era posible que el ayuntamiento contrajera gasto alguno en un local instalado en un espacio público sin que existiera relación contractual que regularizara el hecho.

Y pasó el año 2008, y el 2009, y llegó la fatídica primera semana de marzo de 2010: una fría comunicación oficial la conminaba a abandonar el bar en el plazo de 15 días. Sin una palabra que la rescatara del asombro. Sin una mirada de persona a persona que le explicara los motivos y que le adelantara las soluciones. Nada.

Hasta esa fecha, el ayuntamiento había contraido una deuda de 18.000€ cuyas facturas seguían guardas en el cajón de los «sustos» municipales.

Rogó que la escucharan, pidió que le hablaran … y, a cambio, obtuvo el silencio displicente de quien le dió su palabra, y los humillantes titubeos  de quien también empeñó la suya.

Los 18.000 peligraban muy seriamente; y las mentes acostumbradas a trapichear con las vidas de las personas urdieron la solución más sencilla: una trampa de ratones. Le ofrecieron dos opciones: perder los 18.000€ o firmar un papel en el que ella misma renunciaba a facturas por valor de 14.175€ para compensar el alquiler que el ayuntamiento no le podía cobrar.

El papel se lo llevó un «motorista» (esas cosas nunca las hacen quienes las ordenan ejecutar), y ella firmó sin mirar porque el agua le llenaba los ojos.

Las consecuencias contables son frías como lo son los números: nunca constará en el ayuntamiento que ha habido un ingreso de 14.175€, y nunca constarán los gastos que el gobierno municipal hizo por el mismo valor. Las facturas no existen, y el ingreso es imposible porque el ayuntamiento no puede cobrar un alquiler del que no hay registrado contrato alguno.

Pero, ¿y las consecuencias del comportamiento mezquino, ésas también hemos de pagarlas? Sí, ésas las pagamos incluso a un precio superior en el que el dinero nunca alcanza para satisfacer la deuda: las pagamos con el miedo a rechistar, las pagamos con la incertidumbre porque sospechamos otros engaños, las pagamos con indignación y con mucha resignación.

Sin embargo, esa deuda emocional y moral que el gobierno local ha contraido con todos nosotros es posible recuperarla; porque el miedo, la incertidumbre, la sospecha, la indignación y la resignación que pagamos es un precio insólito que está debilitando velozmente nuestra condición incuestionable de personas y de ciudadanos. Y todos nosotros, hombres y mujeres de este bendito pueblo, podremos salir sanos y salvos  en cuanto lo decidamos.

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