8 de agosto de 2010. Domingo

Si la desesperanza arrasa, la indiferencia vence.

Escribí hace unos días que el peor de los totalitarismos es el que nos arrebata la confianza en nosotros mismos. Y me reafirmo: no está la cosa como para dejar en manos de la resignación nuestro futuro inmediato como pueblo y como ciudadanos.

Si dejamos de creer en nosotros, y en nuestra capacidad de decidir, estamos renunciando a nuestra voluntad.  Y a partir de ahí, cualquier cosa que ocurra, aunque nos hiera, ya es posible.

En Rocafort, hay razones para la tristeza, lo sé. Pero ninguna paga la pena que sufriríamos si la impasibilidad o la indiferencia disuelven nuestra voluntad.

Este verano, podríamos sumar más motivos al desánimo colectivo; pero nombrarlos una y cien veces no garantiza que mañana cuando amanezca hayan desaparecido.

Nadie merecemos que la resignación nos gane el terreno, y que olvidemos nuestras legítimas aspiraciones como ciudadanos y ciudadanas; ni que la desidia del gobierno municipal nos hunda en la apatía. Somos capaces de alcanzar el lugar adonde queremos llegar. Somos capaces de construir espacios de relación que nos unan y que nos hagan mejores como personas y como ciudadanos. Somos capaces de defender lo que creemos, y de apostar por ello. Somos capaces de participar en las decisiones que nos afectan, y hemos de hacerlo. Somos capaces de avanzar y de innovar. Somos capaces de rescatar las tradiciones que nos singularizaron como el pueblo ejemplar que fuimos. ¡Somos capaces!

Quienes durante años han fiado su poder -y siguen haciéndolo- en lograr que nuestra voluntad dormite, consiguen que el sopor lo invada todo; y mientras eso ocurre, la indiferencia contamina la vida en común a la que tenemos derecho y con la que lograríamos ser más felices.

Pensémoslo. Es posible recuperar nuestras calles y nuestras plazas; divertirnos y crecer; compartir el presente para diseñar juntos el futuro de nuestro pueblo y entregárselo con orgullo a nuestros hijos para que sigan avanzando. Es posible, sólo es necesario desearlo y trabajar para recuperarnos de tanta desolación.

Propóntelo, y propónselo a quienes te rodean, a quienes desconfían, a quienes callan y otorgan, a quienes no creen. Propóntelo, propónselo: combatir la apatía y la resignación es posible. ¡Faltaría más!

Feliz semana.