Lunes. 17 de enero de 2011.

En los últimos días, dos pésimas noticias que instruyen sobre el alcance peligrosísimo de la crispación, del insulto y de la provocación.

La primera, el atentado en Tucson (Arizona) contra la congresista Demócrata G. Giffords, que provocó seis muertos y varios heridos ; la segunda, el brutal ataque sufrido por el Consejero de Cultura de Murcia.

He leido opiniones a favor y en contra de otras que culpan de tanta barbarie a quienes convierten la discusión de las ideas y la diferencia de opiniones en un arma arrojadiza; un arma que se carga con el desprecio hacia quien opina diferente, y con el odio.

En los Estados Unidos, los miembros ultra-conservadores del partido Republicano, capitaneados por Sarah Palin, llevan meses impulsando una escalada verbal que envalentona a los miserables; y en esa alocada carrera de crispación, consideraron una buena idea “apuntar” a través de la mirilla de un arma de fuego a los congresistas Demócratas que era necesario “abatir” en las recientes elecciones legislativas, entre ellos, a Giffords.

Con esos “mimbres”, cualquier loco que guarde un arma de fuego en su despensa puede sentirse un “elegido” para cumplir la misión ecomendada por voceros tan peligrosos; y de los datos de la investigación ya se desprende la sensación de que el autor de la matanza estaba convencido de ello.

Altos cargos de los partidos Demócrata y Republicano, alentados por el presidente Obama, han sabido aliviar el dolor que ha recorrido el país, y se han impuesto la obligación de recuperar el sentido común y el respeto en las relaciones políticas.

En Murcia, el pasado sábado, tres vándalos propinaron una paliza al Consejero de Cultura de esa región. Algunos destacadísimos dirigentes políticos no han dudado en responsabilizar directamente de los hechos “a la izquierda” (sic), y, en lugar de sumarse a las contundentes muestras de condena que ha suscitado la repulsiva agresión entre todos los partidos políticos y los sindicatos, han optado por convertir tan deleznable acto en un arma de lucha política.

Mal vamos.

Es cierto que España no es Norteamérica, y que Arizona no es Murcia; pero quienes promueven el odio (en sus diversas manifestaciones), han de saber que tarde o temprano han de gestionarlo (frenarlo, disiparlo …) Suya es la responsabilidad.

Mi más rotundo rechazo al ataque sufrido por el Consejero de Cultura del Gobierno autonómico de Murcia.