Viernes 1 de junio de 2012

Mi padre cumple hoy 81 años.  Hablo con él por teléfono y solo le interesa saber cómo estoy yo. 

“¡Avant, papi, sempre avant!”,  le respondo; pero está triste.

“On estàs ara,?”, me pregunta y yo le miento: “en casa, descansant perquè hui és divendres de vesprada!”

Sabe que no es cierto, sabe que estoy apurando un bocadillo en una tarde viernes y en la mesa del despacho de la alcaldía. Sabe que pongo todo mi empeño en ocultarle el trabajo y el esfuerzo que significa cargar con la responsabilidad de gestionar una situación caótica e indecente fruto de  actuaciones pasadas.

Hay un silencio en nuestra charla que rompo con mi promesa de pasar juntos este fin de semana. Sonríe y me parte el corazón su declaración: “te vullc molt, filla. Demà vindràs, veritat?”

“Sí, papá, allí estaré”

– “I per què no hui?”, me pegunta

– “Perquè també sóc ama de casa, papá; i he de canviar la roba d’hivern i treure la d’estiu”!, le respondo risueña.

Le miento otra vez pero sé que ya no le importa.

Mi padre está enfermo, ya lo sabéis, pero no es solo eso lo que le abate. Es la rabia la que alenta su sufrimiento.  Es el presente que ha convertido en basura el futuro que afectará a sus hijos y a sus nietos si nadie pone remedio a una situación vergonzosa e injustificable.

Mi padre llora, sí, ¿y qué?  Con el tiempo ha comprendido -como muchos hombres de su época- que llorar no es signo de debilidad sino de rabia o de tristeza.

La realidad que descarnadamente explican los  periódicos le ha enseñado que el presente solo sirve para enderezar el futuro inmediato y sufre como padre y como abuelo que es.

Su última nieta, Catalina, hoy cumple 9 días.

Mi padre llora, sí. Y tiene sus razones para hacerlo.

Por él y por tantas y tantas personas como él, yo sigo al pie del cañón. Pase lo que pase, valdrá la pena.


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