Miércoles 14 de mayo de 2014

 

El asesinato a sangre fría de la presidenta de la Diputación de León,  Isabel Carrasco, a manos de una madre en colaboración con su hija, ha conmocionado la vida política española y la de los ciudadanos.

Las redes sociales, durante estas últimas 48 horas, hervían con comentarios despreciables en muchos casos que aprovechaban indecentemente  la tragedia para sus objetivos particulares.

Un asesinato ni tiene calificativo para expresar su deleznable objetivo ni existe justificación alguna con la que puede defenderse. Jamás.

Un asesinato es una pena de muerte; y nadie, absolutamente nadie, puede atribuirse la potestad de decidir quién vive y por qué o quien muere y por qué. Ni siquiera los Tribunales de Justicia.

La angustia que están viviendo  familiares, amigos, vecinos, compañeros de su partido y de otros diferentes con los que compartió su vida política, ha de ser terrible.

No hay consuelo posible ante la muerte; pero cuando ésta acude arrastrada por la ignominia de un asesinato nos deja absolutamente huérfanos de la fuerza que necesitamos para asumirla y salir adelante.

A todas esa personas que están sufriendo ese dolor insoportable quiero ofrecerles mi condolencia y mi cariño.

A quienes pretenden aprovechar un acto tan repugnante como éste para conseguir el crédito que nunca tuvieron, todo mi desprecio.

 

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