Jueves 17 de julio de 2014

 

Hace un par de días que hemos entrado en la canícula; ese periodo estival en el que el calor se comporta como un verdugo dispuesto a asfixiarnos, la humedad reblandece el ánimo y el sol apunta y acierta siempre.

¡Bendito verano!, exclama la mayoría cuando el invierno aprieta.

Yo intento poder recordar el frío del invierno; la caricia de la manta en el sofá; el abrazo de un abrigo… pero es imposible. La semana pasada escuché en la radio que varias ciudades españolas no habían superado los 10 grados de mínima. Intenté imaginarlo. Quise sentir nuestro mes de enero a principios de julio. No supe.

¿Os habéis dado cuenta de que cuando preparamos en verano una maleta para viajar a un lugar frío, siempre cometemos errores? Los mismos que cometemos si la llenamos en invierno para viajar a un lugar cálido.

En el primer caso somos incapaces de sentir el frío, de recordarlo;  y en el otro, de “comprender” en invierno este calor achicharrante.

¿Por qué sucede, si año tras año conocemos el calor y el frío?

Quizá porque es necesario olvidar para poder seguir sintiendo; porque la memoria -con los ajustes necesarios que se impone- es la que nos permite avanzar.

O sea que, estamos en la canícula y como amante del invierno que soy, os hablaré de este periodo achicharrante cuando sople viento del Norte.

La suerte que tendremos es que nadie podremos recordarlo.