Viernes 29 de agosto de 2014

 

El lunes, la plaza Mayor fue escenario de una sesión de monólogos y de diálogos a cargo del actor, humorista, escritor y guionista Pedro Reyes y de los actores y humoristas que forman el dúo JUJA.

Cómicos y comediantes.  Profesionales, jocosos, transgresores, irreverentes con el Poder (sea el que sea), imaginativos, lúcidos, hábiles en el gesto y en la palabra, corrosivos, críticos, incómodos para el Poder (sea el que sea)…

El martes, el Carnaval Infantil reunió a centenares de niños y de niñas que desfilaron con disfraces también transgresores, también imaginativos, también jocosos.

El humor no es fácil; nos desternillamos de risa o nos hiere, o nos provoca rechazo; nos relaja y nos dejamos llevar o nos resulta incomprensible, o chabacano, o grotesco; nos hace pensar y reconocemos entre risas que es cierto aunque nos avergüence pensar lo que pensamos.

Uno de nuestros grandes cómicos y comediantes fue Miguel Gila. 

A finales de los 60 del siglo pasado, Gila se exilió. Su humor,  en mitad de la morbosa y oscura época franquista, resultaba procaz, irreverente, incómodo, transgresor, corrosivo… O sea, insoportable para el Poder.

Hoy, casi 50 años después, el humor de Gila destila la misma fuerza que entonces. Han pasado casi 50 años, es cierto; pero los buenos cómicos y comediantes siempre han hincado el diente en el lugar preciso.

 

 

 

 

 

 

 

Anoche, Carnaval  soltó las riendas que nos sujetan y cualquiera pudo hincar el diente a lo prohibido.

Hombres que son mujeres, mujeres engañando a su instinto o haciendo valer el que nadie nos otorga; pecados veniales y mortales;  Adán y Eva en una conjunción imposible; Peret resucita a las pocos horas -la muerte es una broma de mal gusto- y se arranca con una rumba catalana;  muchos quieren ser Nerón, el más depravado de los césares. Curas que persiguen a monjas y obispos que no pretenden la redención; un cristo es arrastrado sobre un carro de Mercadona, a sus pies el alcohol descubre que quienes le acompañan saben lo que hacen; mientras, Jua Carlos I y su elefante (del que ya nunca la Historia podrá separarlos), son la mofa del respetable.

 

Más de 1.000 años burlándonos de nosotros mismos y de quienes no nos lo permiten.

 

¡Viva los cómicos!