Lunes 15 de septiembre de 2014

 

(Escribí este artículo de opinión la noche del miércoles 10 de septiembre. El “Periódico de Aquí” lo publicó en su edición del viernes 12 de septiembre. Un día antes, el jueves, fuentes de la presidencia del Gobierno de Mariano Rajoy anunciaban que la reforma electoral que venían proponiendo desde el mes de Julio quedaba fuera de la “agenda” para la negociación parlamentaria de medidas de regeneración democrática. Sin embargo, ni el Gobierno ni el partido que lo sustenta, el PP, han renunciado públicamente todavía a su intención inicial )

 

 

 

EL HÍGADO Y OTRAS VÍSCERAS

(¿Alcaldes por elección directa?, ¡anda ya!)

 

El hígado es un órgano sentimental, tanto como el estómago o el mismísimo corazón. Citamos a uno u otro para explicar brevemente qué sentimos ante lo que detestamos, lo que nos angustia y lo que nos duele.

Así andamos, tocados de las vísceras.

Una mayoría importante de políticos y de gobernantes toman decisiones con sus vísceras que es la mejor manera de atacar a las nuestras para ponernos (enfermos) del hígado, que se nos revuelva el estómago o para que se nos parta el corazón.

Llevamos dos meses escuchándoles un nuevo malabarismo visceral: “Los alcaldes, por elección directa”  

No sé qué víscera promueve la mentira y la demagogia, pero ese tipo de políticos la tienen y muy desarrollada.

Muchísimos estaríamos de acuerdo en que los alcaldes fueran elegidos directamente por los vecinos, ¡claro que sí!, pero a través de listas electorales abiertas.

Esos políticos que dicen hablar con el corazón, mienten. Realmente lo hacen desde el estómago (¡ya me entienden!) y desde esa víscera irreconocible para la mayoría de los demócratas que alienta también la demagogia.

Esa presunta medida de “regeneración democrática” –que acabará convirtiéndose en otro “traje a medida”, si dejamos a solas al sastre y a quien lo compra con el dinero de todos- pretende únicamente que la lista más votada (con un 40%) se convierta automáticamente en el 51% de los miembros de una Corporación municipal. Y al 60% restante, que le den.

Ni la evidencia matemática de ese resultado, ni la lógica de la Razón (que no reside en ninguna víscera), sostienen una propuesta que solo aspira a alimentar el apetito descomunal de quienes detentan el poder en su propio beneficio.

Que no se engañe nadie, la lista más votada no significa la elección directa del alcalde porque seguiremos votando candidaturas cerradas. Y, en cualquier caso, los electores que confíen en otras listas que, sumadas entre sí, alcancen una mayoría sólida para gobernar con seriedad, con valores comunes y actitudes conciliadoras, habrán demostrado que suma más lo que une que lo que separa.

Si estamos dispuestos a abrir un debate inteligente sobre una necesaria reforma de la ley Electoral, hagámoslo.

La mayoría de los ciudadanos aplaudiríamos con ganas esa modificación para reforzar el compromiso político real de la ciudadanía con sus representados, ¡claro que sí!, pero tras un debate serio, responsable y conciliador. Sin un horizonte próximo -mayo de 2015- que debilite enormemente su importancia política y lo convierta en una detestable urgencia electoralista y partidista, como está sucediendo ahora.

Así que, mientras siga habiendo tantos políticos tramposos en escena, me seguirá poniendo del hígado tanta mentira, me seguirá revolviendo el estómago tanta sinvergonzonería y me seguirá partiendo el corazón escucharles justificar su desmedido descaro “por el bien de España”

¿Alcaldes por elección directa? ¡anda ya!

(“¡Joder, qué tropa!”)

Y así lo mantengo.

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