Sábado 8 de noviembre de 2014

Un mes llevo sin escribir aquí.

Sin embargo, he de rescatar un acontecimiento que debo a mis lectores: la inusitada visita del president de la Generalitat a Rocafort hace un par de semanas.

Una visita que el president mantuvo bajo un anonimato impropio de su rango, que es el de representante ordinario del Estado en nuestra Comunidad autónoma y primera autoridad valenciana.

La peligrosísima confusión entre partido e institución conduce a errores inadmisibles; errores que han dinamitado el respeto a las instituciones y que han sido y siguen siendo cometidos precisamente por quienes las representan.

Posiblemente, Alberto Fabra decidió visitar “de estrangis” Rocafort como si de ese modo pudiera olvidar por unas horas su papel como president de la Generalitat. 

Quizá el president de la Generalitat  quiso evitar -actuando de esa manera semi clandestina- la presencia de ciudadanos indignados con su gestión en RTVV (aquí viven muchos trabajadores de ese ente público en periodo de liquidación); indignados con las contradicciones entre su discurso y sus acciones de gobierno (aquí vivimos personas de carne y hueso que lo estamos viviendo); indignados con su hipócrita “linea roja” frente a la corrupción en el ámbito público que le corresponde (aquí convivimos con algún que otro imputado…)

Pero se equivoca, porque le parezca o no doloroso, insufrible o vergonzoso, él es el president de la Generalitat en cualquier municipio del territorio de nuestra Comunidad autónoma. Y como tal debería haber comunicado a la alcaldía su visita a Rocafort, aunque se debiera a una actividad interna del partido que preside; había razones de consideración institucional (aunque esas no le importen y las confunda con su militancia en un partido), de Seguridad y de ordenación del tráfico que le obligaban a hacerlo.

Alberto Fabra no es ni más ni menos que Amparo Sampedro o que cualquier otro ciudadano o ciudadana de este municipio. Pero el president de la Generalitat y la alcaldesa de Rocafort tenemos responsabilidades ineludibles;  y la alcaldesa, le guste o no, es la máxima autoridad de este municipio que visitó casi a escondidas. ¡Lamentable!

A eso se llama falta de respeto institucional y se traduce en descortesía institucional.

Me da exactamente igual lo que haga Alberto Fabra, pero me importa mucho cómo actúa, qué hace y por qué, el president de la Generalitat.  De la misma manera que a los vecinos de Rocafort les importa cómo actúa, qué hace y por qué, su alcaldesa.

A estas alturas del cuento, probablemente mucha gente participe de esa confusión tan bien amañada por la derecha durante sus años de gobierno; pero yo no dejaré de demostrar y de defender que las instituciones públicas han de respetarse a sí mismas para ser respetadas por los ciudadanos.

¿A santo de qué, si no, el tratamiento de honor es inherente al cargo público que se ostenta y nunca a la persona que lo representa?

Es decir, Alberto Fabra no es Molt Honorable, lo es el cargo de president de la Generalitat que ocupa.

¿Entendido, Alberto Fabra?… ¡Pues a cumplir con la obligación de respetarlo… o a casa!

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