Miércoles 21 de enero de 2015

 

Pues sí. ¿Y…?

¿Que engordará, que se sentirá pesada a medida que avance su estado, que deberá cuidarse? Pues sí. ¿Y…?

¿Que probablemente se le hincharán las piernas y los tobillos y se le cargará la espalda? Pues sí. ¿Y…?

¿Que quizá sufra algún vómito o que la acidez la hará pasar malos ratos, que se pueda sentir más cansada de lo habitual? Pues sí. ¿Y…?

A las mujeres nos pueden ocurrir esas cosas cuando estamos embarazadas y otras que tienen que ver con nuestros sentidos: inexplicablemente, nos molestan algunos olores que antes apenas percibíamos y nos volcamos en otros que las personas de nuestro alrededor son las que no se lo explican.

Algunas recuperamos el placer por sabores y texturas concretas y decidimos (inexplicablemente, también) aborrecer otros que tanto nos gustaban.

En fin, que, de un modo u otro, asistimos perplejas, curiosas y emocionadas (sí, emocionadas) a los cambios que experimenta nuestra cuerpo y  al revuelo de nuestras hormonas y sabemos cómo manejarnos en un periodo tan especial de nuestras vidas.

¿Dejamos de estar capacitadas para pensar, para trabajar, para vivir o para gobernar por el hecho de estar embarazadas?

Hay hombres -y desde luego más mujeres de las que quisiéramos nosotras, el resto de las mujeres- que creen que el embarazo es una enfermedad o una indisposición “divina” (por inexplicable) que dura 9 meses y varios años más porque la crianza es una labor larga.

La presidenta de la Junta de Andalucía está embarazada, sí y ¿qué?

¿Que su embarazo y la probable fecha del parto condicionarán la convocatoria de las elecciones andaluzas? Pues sí. ¿Y…?

¿Alguien tiene alguna objeción al respecto?… Si es así, que se lo haga mirar.

 

 

 

 

 

 

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