Sábado 20 de junio de 2015

 

A partir de mañana, dejaré de escribir en verde las fechas. Vencida desde hace días a pesar de que el calendario aún no lo ordena, esta primavera ya caduca. 

Las jornadas de luz rebasan con delicadeza el límite de lo que creíamos noche, como trabajan las olas cuando estiran sus lenguas para zamparse la arena a lametazos y avanzar sobre lo que creíamos firme.

Se nos olvidó el verano, por eso la primavera se esfuerza en traérnoslo poco a poco: para que no nos reviente el cuerpo ni tanta luz se estrelle contra nosotros mismos.

Mañana es verano en plena siesta de domingo, amodorrados bebiéndonos la brisa y el lunes mordiéndonos la sábana.

Así que, cuando regrese a este blog…

… la fecha la escribiré en rojo; rojo de verano, de sol que arde, de fuego de hogueras paganas, de nubes relajadas tras el viento de poniente; rojo de piel que humea, de brindis y de besos de verano, de niños acalorados y de jóvenes sedientos; rojo precioso, de abuelos con sus nietos y del veraneo de nuestra infancia.

Ese rojo con el que fantaseamos y nos pone alerta todavía. Afortunadamente.

En rojo sí, húmedo, brillante, apasionado, el que se estampa en la tierra y la recorre; el que se encarama a nuestros sentidos y los escala hasta conquistarlos, mientras nosotros permitimos que nos encienda el ánimo por todo lo que hemos aprendido durante tantos veranos vividos.

 

 

 

 

 

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