La espalda se comporta como un arco tensado por la enorme curvatura del vientre; las caderas, ensanchadas para abrazar la rotundidad de este cuerpo distinto, equilibran el peso que sostienen las piernas. Se quejan, cada calambre es una mordedura que enerva los músculos que encuentra a su paso.

Los pies, hinchados por el peso, cargan sobre ellos el contenedor de vida cuya arquitectura ha sido calculada para la ocasión.

El cuerpo entero está  listo para volcar una vida en la vida.

Jueves, 6 de agosto de 1987. Mis padres y yo reímos sin parar durante la comida. Adriana, mi hermana pequeña, tiene 9 años y unos ojos inmensos que lo dicen todo porque todo lo ven. Mira y ríe con nosotros otra ocurrencia de mi madre que desata la carcajada. La risa de mi madre es contagiosa, luminosa, inolvidable.

Me levanto con cuidado pero soy incapaz de dar un paso… se está derramando un líquido tibio y dulzón que no sé identificar.

Mi padre prefiere ignorarlo -no se atreve a imaginar lo que le aterroriza de antemano- y se lleva a Adriana al sofá para ver el capítulo de El coche fantástico. Ella quiere quedarse, lleva esperando diez días en mi casa a que suceda precisamente esto aunque aún no comprenda qué es esto.

Se escabulle del abrazo de mi padre y regresa junto a nosotras. Me mira con sus ojos enormes porque intuye que hay una explicación y quiere escucharla. No hay tiempo, mi padre la llama con insistencia.

Mi madre me tranquiliza mientras mi vientre se contrae por los cuatro costados. Una ducha, sí una ducha fresca. El calor es insoportable.

Escucho sus latidos rápidos y cortos en ese fondo de agua extraño que evoca un mundo muy diferente a este. Apenas cabe. Hinca sus taloncitos justo debajo de mis costillas, inquieta, preparada para atravesar el estrecho canal. La cabeza encajada y el cuerpo encogido.

Aún no es el momento. Regresamos a casa para darle tiempo. Como máximo esta noche, porque solo queda líquido suficiente hasta mañana.

Mis manos recorren el vientre duro y extremado, tamborileo sobre él con los dedos para que me responda como lo ha hecho durante los últimos meses. Ya no quiere jugar. Debe estar asustada o harta o enfrascada en hacerlo bien, reconocer la salida, descender, resbalar, dejarse caer sobre mi vida en el mundo, su nuevo mundo. El nuestro.

Viernes, 7 de agosto de 1987. Ha desaparecido la presión contra mis costillas. Silencio.  Ni un solo movimiento. Quiero sentir su decisión sobre mi propio cuerpo, una contracción, dos, tres… poder registrarlas en el periodo de tiempo que indique que todo empieza. Nada, absolutamente nada. Está subiendo la madrugada y me agota.

Pienso en la palabra que la nombre: Málaga. Esdrújula. Nasal bilabial sonora – vocal abierta – lateral alveolar sonora – vocal abierta – oclusiva velar sonora – vocal abierta. Suave. Aterciopelada. Casi perfecta. Mi familia piensa en la ciudad, en la guardería, en el colegio, en la insolencia infantil, en la procacidad de la adolescencia… Llevo semanas intentándolo: me rindo.

Duermevela: Fiona. Limpia, tenue, llena, brillante, amplia, redonda. No me importa la fricativa labiodental sorda.

A las 8 de la mañana en el hospital, hay que provocar el parto. Pocos minutos para las 05,30, otra ducha fresca. Me recreo en la hermosa redondez que me convocará al esfuerzo.

Cruzamos Valencia y los termómetros callejeros anuncian el infierno del poniente. Este me lo voy a perder, pienso mientras sonrío.

La habitación huele a blanco. Mi marido y mi madre enmarcan la realidad de esta situación de la que he decidido ausentarme. Frente a mí, una enfermera con brazos en jarra me pregunta a qué espero para cambiarme. Hay una bata azul sobre la cama. “Desnúdate”, y obedezco.

El ascensor nos lleva a otra planta. Una cama, un reloj de pared, un monitor, un gotero, unas cortinas que me separan de otra cama, de otro reloj de pared, de otro monitor, de otro gotero. No sé para qué sirve todo esto, mi vientre forma parte de mí.

Me siento rara en un lugar preparado para librar una batalla. El monitor vocifera los latidos rápidos y cortos, cada vez más acelerados. La matrona ha tomado el mando: la puerta está apenas entornada y el gotero comienza a liberar oxitocina.

No siento ningún dolor. “Lo sentirás” -me susurra cariñosamente- y se da media vuelta. No me lo creo. Es todo tan apacible y tan ajeno a mí misma, que no me lo creo. Es ridículo lo que está pasando.

Mi madre me sonríe y hay un gesto apenas perceptible de preocupación. Enric me acaricia el cabello. Actúan como cómplices y la escena me divierte.

Todo sucede de repente. Las 12,05h y el vientre se contrae con una fuerza asombrosa que me deja sin respiración. Cuando me recupero, estoy asustada. No creo que pueda resistir otra embestida como esta. Transcurren unos minutos y todo mi cuerpo se prepara para la siguiente. Estoy confundida mientras subo esa ola de dolor y a duras penas alcanzo la cresta. El descenso me alivia pero debo corregir inmediatamente la respiración porque ya está llegando la siguiente. Una tras otra, logro acompasar mi decisión de respirar a las órdenes que me imponen.

No quiero ver a nadie, solo quiero que esto acabe. Viajo en una noria enloquecida en la que el dolor modifica la amplitud de su diámetro. Cada vez mayor, cada vez más lejos. Un dolor denso, ardiente, estruendoso, hondo, disparatado, animal, inabarcable, desgarrador… inexplicable. No hay alivio posible en el descenso porque ahora la caída solo sirve para garantizar que habrá un siguiente ascenso casi inmediato.

“Tranquila”, escucho. “No pasa nada. Todas pasamos por esto”

No quiero que nadie me hable, ni que me toque ni que decida por mí. Estoy demasiado cansada y debo seguir avanzando. Es un trabajo extenuante. A solas mi cuerpo y yo. La maldita puerta sigue entornada y hay una fuerza extrema que la empuja para abrirla de par en par.

No puedes, no debes, no lo hagas todavía. Respira. Aguanta. Descansa. Respira. Aguanta. Descansa. Escúchame: Respira. Aguanta. Descansa.

No soy yo quien empuja, no soy yo quien decido, no soy yo. ¡Joder, que no soy yo!

Sí lo eres. Mírame: eres tú quien decides. No empujes. No lo hagas. Confía en mí.

Hay un enorme foco blanco sobre mi cuerpo. No recuerdo cómo he llegado hasta aquí ni cuánto tiempo llevo. También hay un reloj de pared frente a mí. Marca las 14,22,23,24,25,… Adivino ojos tras las mascarillas. Hablan de sus vacaciones; sus movimientos son precisos, aprendidos en la rutina. Me marea el esfuerzo para frenar la fuerza brutal que empuja para desprenderse de mi vientre. Ya no puedo sostenerla más, ¡por Dios, ya no puedo más!

Las mascarillas regresan conmigo. Espera. Lo estás haciendo muy bien. Espera solo un poco, un poco más… ¡Ahora, empuja! Para. Respira. ¡Otra vez! Para. Respira. ¡Otra vez, empuja! Para. Respira. Una más. Para. Respira. Te voy a ayudar, episeotomía y terminamos. ¡Empuja! ¡Con todas tus fuerzas!… Ya llega, la cabeza está fuera… La última vez, ¡hazlo!

La noria ha parado en seco y tengo el cuerpo deshilachado, vacío, hueco. Estoy bañada en sudor. Entreabro los ojos, son las 14,49h

Está tibia y húmeda. Pequeña, muy pequeña. Temo tocarla. Es todo demasiado extraño, ella sobre mi pecho, de repente una vida distinta volcada en la mía. Se la llevan. Espero su llanto. Que llore, por Dios que llore, pienso. Cuando lo hace, abandono la escena muy deprisa. Ya estoy dormida.

Me palpo el vientre y busco su tersura desafiante. No existe. No hay nada. Nada. Me despierto y contemplo mi brazo derecho dibujando el límite de un abrazo tímido, su cabecita junto a mi pecho. La miro y aún no comprendo por qué ya no es mi vientre.

Viernes, 7 de agosto de 2015.  Con el paso de los días, aprendí que a partir de aquel momento se había iniciado la vinculación que nos definía como madre e hija, no demasiado diferente al principio de la que ya habíamos establecido durante casi nueve meses. La suya vital, primaria, natural. La mía afectiva, intelectual, cultural.

Los años fueron corrigiendo aquella tendencia. Nuestra dependencia mutua comenzó a modificarse en algún momento hasta invertirse: la mía, primaria y naturalmente vital; la suya, intelectual y culturalmente afectiva.

Todo listo para volver a empezar.

Fiona, 28 años.

(Y no, no había epidural…)