Navidad de 2015

 

Hay una Navidad que no está escrita porque nos duele pensarla.

Sin embargo, tarde o temprano nos alcanza y nos cubre con este tiempo vacío y laxo que transcurre entre un día y otro. No lloramos o sí lo hacemos a medida que vamos comprendiendo de qué se trata todo esto. Deambulamos o somos capaces de permanecer quietos, absortos fijando la mirada mientras aupamos hacia ella la tristeza enorme que nos supura.

“El ciclo vital tiene un límite” -asestó el médico para advertirnos. “Es ley de vida” -escucho repetidamente desde hace unos días.

De acuerdo: tocada y hundida. Es cierto. El ciclo vital se consume y los hijos sucedemos a nuestros padres. La absoluta orfandad es la consecuencia de lo uno y de lo otro. Es un estado que el ánimo no puede manejar porque es la evidencia incontestable, abrupta, quien lo determina. Un estado, una circunstancia permanente, que también me define a partir de ahora.

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Pero nada de eso sirve para aliviar una soledad inmensa, helada como su frente, no consentida, no decidida, ni siquiera pactada entre la Razón y yo misma.

No sirve la naturalidad de lo que sucede, cuando lo que sucede rompe los amarres; cuando desaparece el puerto. Puerto de embarque, trasiego de viajes, voluntad de aventuras. Zarpar y saber que regresarás a puerto, al  remanso de ternura, al abrigo de la desventura; a la alegría de la infancia, a la desconsolada adolescencia y a quien supo cómo mitigarla, a las miradas que hablan, a la portentosa sabiduría; asida al cordón que te anuda al espacio tibio y único en el que todo encuentra alivio…

Nada es igual, cuando llega la Navidad que no puede escribirse porque el dolor de pensarla lo impide.

 

 

 

Esta es mi Navidad de 2015. No os la deseo a nadie.