Domingo 28 de febrero de 2016

 

Cuando el debate sobre la izquierda y  la derecha pretende superarse con este otro: los de arriba y los de abajo. O con este otro: la vieja la nueva políticaO con este: prohibido politizar.

Cuando se niega la existencia de ideologías, para forjar el descreimiento y el desafecto y liderarlos.

Cuando las personas somos sustituidas por gente.

Cuando se busca la complicidad con la gente, para no interpelar a la ciudadanía y evitar que la Política sea un derecho ejercido por las personas.

Cuando el discurso estriba en decir lo que la gente necesita escuchar y no en lo que las personas queremos comprender para saber y para creer.

Cuando la primera persona –yo, mi/mí, me, conmigo / nosotros, nos, nuestro es lo único posible frente al caos (ficticio, por supuesto)

Cuando el nosotros tiene un valor excluyente, para reforzar el desprecio a los otros.

Cuando lo nuestro significa laminar lo de los otros

Cuando consiste en que los indignados y los desesperados se conviertan en complemento directo y necesario de la cita más popular de Maquiavelo.

[…]

Cuando todo o parte de esto está ocurriendo y lo comprobamos, descubrimos con estupor que se trata de un trabajo de campo llevado a cabo para aceptar -o desestimar- algunas teorías de las Ciencias Sociales (Ciencia Política, Sociología y Económicas)

Y lo que aún es peor: todo esto para el divertimento intelectual (lícito, mientras se mantuviera en el ámbito estricto del debate erudito) de quienes han decidido abandonar provisionalmente la confortable polémica de sofá, para aliviar la pesadumbre de sus indolentes conciencias, arrastrada durante años.

Puro localismo (personal, territorial)

En la práctica, desalentadora política de campanario.