8 de Marzo. 2016

 

“Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, escribió Galeano.

Soy hija y nieta de generaciones cuyas mujeres eran sujetos pacientes de un cerebro inescrutable, como los caminos del Señor (Amén)

Soy hija y nieta del “Tiempo de silencio” de Martín Santos, de la Navidad con “Mujercitas”de las letras de Mocedades“…tú me admiras porque callo y miro al cielo. Tómame o déjame”, de Cecilia“… era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio”, o de Jarcha y una libertad sin ira para “… gente que solo desea su pan, su hembra y su fiesta en paz […] gente muy obediente hasta en la cama…”

Soy hija y nieta de generaciones de mujeres malheridas, malqueridas y malparadas. Y todas ellas bienparidas.

Madre, también soy madre. Mujer y madre: una entre tantas de una generación de mujeres que aprendimos adónde urge llegar, precisamente porque sabemos de donde venimos y lo aborrecemos. Sí, nosotras, que también tarareamos ingenuamente algunos de los versos terribles del pop español de finales de los 80, con  Loquillo “… solo quiero matarla a punto de navaja, besándola una vez más” o con Los Ronaldos … tendría que besarte, desnudarte, pegarte y luego violarte hasta que digas ‘sí’…'”

Las mujeres y las madres de mi edad, recogiendo el testigo de las que nos precedieron, hemos luchado para entregar a una generación de treinteañeras lo que era suyo de justicia. Lo que nadie jamás debió arrebatar a nuestras madres y a nuestras abuelas: libertad. Libertad para pensar, para decir y para decidir. Les hemos ofrecido todo lo que sabemos y lo que seguimos aprendiendo para seguir sabiendo. Para no olvidar, para avanzar juntas. Para hacerlo todos juntos.

Sin embargo, cuelgan dolorosamente del vacío algunas generaciones de mujeres adolescentes y jóvenes inmersas en relaciones tremendas, que admiten con una normalidad que aterra. Relaciones tóxicas que las están matando en vida, que las destruyen como mujeres y que las aniquilan como personas.

Cuando las escucho, me duele el alma. Cuando observo su comportamiento, me duele el alma. Cuando explican su vida, me duele el alma. Cuando leo sus muertes, se me hiela el alma.

Sí, el alma. El alma que nos reconocieron los hombres 600 años más tarde de lo que estaba previsto. El alma que me nombra y que nos nombra, la que nos diferencia para unirnos con más fuerza a ellos: en igualdad de condiciones, en igualdad de oportunidades.

Galeano escribió que, al fin y al cabo, “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

También escribió:

 

 

Nadie podrá convencerme de que eso no es posible.