Jueves 2 de junio, 2016

 

Escribir y hacerlo públicamente requiere un esfuerzo añadido. 

Escribir para pensar obliga a mantener una distancia imprescindible entre lo que se observa y lo que se siente, y lo que se escribe para poder pensarlo. Ese método, al que yo llamo de “descompresión”,  precisa más tiempo del que necesitaría si me limitara a trasladar automáticamente al teclado un desahogo momentáneo.

No escribo en mi blog para dar rienda suelta a los excesos de la inmediatez. Hay otras redes sociales que encajan a la perfección ese tipo de urgencias y que usan con frecuencia perfiles -anónimos o no- para calmar sus berrinches o para alentarlos.

Así que, cuando aquí hay un silencio tan prolongado entre una entrada mía y la siguiente, como es el caso ahora (la última la escribí el 9 de mayo), es porque lo que observo, lo que leo, lo que escucho y lo que vivo me tiene francamente preocupada. No confusa, sino preocupada.

 

 

En fin, que necesito volver aquí y pronto.