Martes 4 de octubre de 2016

 

Me va a costar escribir este post, lo advierto. O mejor: me lo advierto a mí misma.

En las primarias para elegir al secretario general del PSOE, en 2014, yo no voté a Pedro Sánchez. No era mi candidato. Una vez resuelta la elección, se convirtió en el secretario general y, por lo tanto, también en mi secretario general y en el de todos los afiliados y militantes.

Con el paso de los meses, Sánchez me demostró seriedad y contenido en su discurso político, y serenidad (tan necesaria en una organización política habituada a convulsiones propiciadas tanto por abultados personalismos internos como por agentes externos diversos, a causa, entre otros factores, de su larguísima historia)

En el PSOE conviven, no sin ciertas dificultades, diversas sensibilidades progresistas y de izquierdas. Por eso quizá es el partido político que mejor ha representado ese amplio espectro ideológico que existe en España, desde que en 1979 un Congreso extraordinario acordó abandonar los postulados marxistas y re-conducir la posición ideológica del partido hacia el socialismo democrático, a medida que avanzaba -junto al resto de organizaciones políticas del mismo signo en Europa- en la socialdemocracia.

La crisis financiera mundial que se estaba gestando en los Estados Unidos desde 2007, estalló en 2008 y dio paso a una crisis económica y social que todavía hoy, ocho años después, sigue abandonando a su suerte a millones de personas en toda Europa.

El PSOE, mi partido, la dirección de entonces y la posterior, ocupada la primera en un gobierno de España para la construcción del Estado del Bienestar -tras los 8 años negros de Aznar-,  y ocupada la segunda (hasta 2015) en su labor de leal oposición con responsabilidad de Estado, con un gobierno de Rajoy que en noviembre de 2011 había logrado mayoría absoluta, no advirtieron que el tsunami originado en USA en 2007 ya estaba en Europa para arrasarnos.

Y todo esto, en un país huérfano de cultura política y sin políticos interesados en la pedagogía política. Si no, ¿cómo se explica la tremenda confusión originada por la modificación del art. 135 de la Constitución, en agosto de 2010? ¿Cómo se explica que aún hoy millones de ciudadanos españoles no sepan diferenciar el Parlamento Europeo de la Comisión o de Bruselas o de Merkel o de la Troika o de la Banca? ¿Cómo se explica que se siga ignorando que los artículos de la Constitución se desarrollan a través de leyes orgánicas que aprueba o no el Congreso de los Diputados? ¿Cómo se explica que aventureros columnistas y tertulianos se lleven el gato al agua sin apenas saber qué llevan entre manos? ¿Cómo se explica que haya concejales y alcaldes convencidos de que los ayuntamientos pueden legislar como si fueran mini-Parlamentos y que el pleno de un ayuntamiento es soberano para tomar las decisiones que quiera y sobre lo que quiera? ¿Cómo se explica el enconamiento mediático con el nacionalismo catalán, mientras el PP no ha hecho sino multiplicar el número de independentistas utilizando los tribunales para dirimir cuestiones estrictamente políticas?

¿Cómo se explica la llegada y el éxito de Podemos? ¿Cómo se explican las mayorías del PP una y otra vez a pesar de todo y de tanto? ¿Cómo se explica la sangría de votos del PSOE en cualquier convocatoria electoral desde 2008? Pues así se explica: el nuestro es un país huérfano de cultura y de pedagogía política, poblado de políticos ensimismados.

A partir del 11-M de 2011, las plazas se llenaron. Afortunadamente. Afortunadamente también, una parte importante de aquella corriente sanadora se organizó e ingresó en el tablero político (otros ya lo habíamos hecho años atrás). La actividad política de los ciudadanos aumentó. Afortunadamente. La indiferencia -esa lacra que arrastrábamos, provocada por la calculada estrategia llevada a cabo por la derecha española e intensificada con el desembarco de Aznar y su tropa- se convirtió en acción y en participación. Afortunadamente.

Podemos conseguía su primer éxito notable en las elecciones Europeas de 2014 y el PSOE obtenía su segundo sonoro fracaso, tras el ocurrido en las Municipales y Autonómicas de mayo de 2011; lo que llevó a Pérez Rubalcaba, secretario general del PSOE y un político de talla indiscutible, a presentar su dimisión.

Era lo razonable y era necesario. El PSOE debía re-conducir su posición porque su mochila ideológica contenía demasiadas lamentaciones y quiebros. La responsabilidad de Estado pesa y pesa mucho, ya sea en el Gobierno o como primer partido indiscutible de la oposición.

Lo que había sido un amplio espectro ideológico que abarcaba diversas sensibilidades progresistas y de izquierdas y que el PSOE había aglutinado durante muchos años, se estaba reduciendo.

Por la derecha, emergía otra derecha: aparentemente más centrada, educada, ilustrada y aperturista en el ámbito social. Con un discurso regeneracionista frente a la corrupción y profundamente españolista. Un espacio, a la derecha del PSOE, que pretendía ocupar Ciudadanos arrinconando al PP hacia el extremo que le correspondería: derecha rancia, inculta, caciquil, intolerante y apestosa por el grado de corrupción que corroe ese partido. Y que C’s pretendía, a la vez, escorando más a la izquierda al PSOE.

Pero por la izquierda, llegaba Podemos con un discurso que llamaban transversal (al principio); cambiaron los agentes de la acción: ni derecha ni izquierda, sino los de arriba y los de abajo (al principio); los sujetos de esa acción dejaron de ser los ciudadanos y las personas para convertirse en gente; invocaron una nueva política –a la que decían representar- frente a una vieja de la que -como se ha visto- han copiado sus peores rasgos; llenaron los pueblos y ciudades de círculos abiertos, que con el tiempo, naturalmente, han acabado siendo concéntricos cuando no estrictamente individuales. Y crearon un fantasma, el PPSOE, que los socialistas no supimos espantar con datos, con intervenciones claras y con contundencia.

El PSOE perdía apoyos convocatoria tras convocatoria. Rubalcaba, un político brillante que hubiera sido un excelente presidente del Gobierno, resultó un mal líder de la oposición; excesivamente preocupado por su sentido de responsabilidad de Estado en un país, España, que nunca me cansaré de repetir es huérfano de cultura política y está poblado de políticos, de cualquier signo, sin un ápice de interés por la pedagogía política.

Apenas un año después de su exitosa irrupción en las Europeas de 2014, Podemos empezó a mostrar sus contradicciones y sus fisuras porque las tesis doctorales en materia de Ciencia Política no son empíricas, sino teóricas; y aplicar a la vida real, a las personas, el resultado de esos estudios, intelectualmente brillantes, interesantes y atractivos, no conduce necesariamente a obtener soluciones plausibles a los problemas planteados en la sociedad española.

A mediados de 2014, Pedro Sánchez fue elegido secretario general del PSOE, a través de unas primarias en las que pudimos participar todos los militantes. En 2015, en un proceso abierto a toda la sociedad, Sánchez fue elegido candidato a la Presidencia del Gobierno para la convocatoria del 20 de diciembre.

El tablero político español había cambiado radicalmente. Cabeceras tan influyentes como El País, la SEREl MundoLa Sexta o Antena-3,  participaron activamente y con descaro en las diversas campañas electorales que se han llevado a cabo hasta ahora; especialmente y con una desvergüenza extraordinaria en las convocatorias catalanas de 2012 y de 2015, y en las Generales de 2015 y 2016.  La importancia mediática que concedieron a las autonómicas gallegas y vascas de septiembre de 2016 fue mucho menor y, en cualquier caso, con análisis dirigidos a la formación de Gobierno de España, que es el gran caballo de batalla.

Basta recordar las tremendas portadas en El País (cabecera muy respetada durante años por las corrientes más progresistas de este país), a propósito del nacionalismo catalán, el apoyo inequívoco a Albert Rivera y, más recientemente, la crónica adelantada -con indicaciones tácticas para consumar la estrategia- de la caída de Pedro Sánchez. 

La inestimable colaboración del grupo AtresMedia en la opinión publicada y dictada (que nada tiene que ver con suscitar la opinión publica a través de la información y de la opinión editorial), se manifestó por separado y dirigida a sectores bien diferenciados en sus dos cadenas televisivas de más audiencia: La Sexta, con un apoyo incondicional a Podemos en todos sus programas informativos y en batalla permanente contra el PSOE; y Antena3, mimando al sector más conservador -el PP y C’s– y abandonando al PSOE a la suerte que ese grupo de comunicación (integrado entre otros por cabeceras como La Razón) también tenía trazado.

Así las cosas en el panorama mediático, con la política librándose en platós de TV y en titulares, y batallones de usuarios de las redes sociales (RRSSS) reduciendo aún más su contenido a los 140 caracteres de un twuit y a calentones de Facebook, llegó la campaña electoral de diciembre de 2015, tras las catalanas de septiembre, las municipales y autonómicas de mayo y las andaluzas de marzo. O sea, un año entero, con sus días y sus noches, y con los coletazos aún de la campaña y del referéndum en Catalunya en noviembre de 2014 y las europeas de mayo de ese mismo año.

¿Cómo no iba a estar movidito el tablero político? Mareante, asfixiante, casi casi insufrible, diría yo.

 

160929elroto

(Fuente: El Roto)

 

 

Pedro Sánchez fue elegido secretario general del PSOE en junio de 2014. Todo fue tranquilo.

Su discurso político cada vez se alejaba un poquito más de lo que hasta el momento se había escuchado. Pocos en mi partido pensaban que ese hombre, elegido con el apoyo total de la potente federación socialista andaluza encabezada por Susana Díaz, entre otras, fuera a salirse ni un milímetro de lo que marcan los cánones.

Pero lo hizo. Para empezar, en julio de 2014, provocó que el grupo socialista español votara en contra del candidato conservador a la presidencia de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, aupado por el PP y el partido popular europeo. Para seguir, en febrero de 2015 destituyó a Tomás Gómez como secretario de la federación socialista madrileña, por su imputación en un caso de presunta corrupción en el ayuntamiento de Parla del que era alcalde y del que fue absuelto por el Tribunal Supremo y el Tribunal de Cuentas en el verano de este año. Tras las elecciones municipales de mayo de 2015, cambió la dirección del grupo socialista en el ayuntamiento de Madrid (no fue finura precisamente de lo que hizo gala Sánchez con estas dos últimas actuaciones y el secretario de Organización, Óscar Luena, comenzó a mostrar el desfile de sus errores).

Muchos militantes con enorme peso y prestigio en el PSOE, empezaron a removerse en sus sillas. La federación madrileña mostró sus uñas y comenzó la primera de las batallas que se han librado en twiter y facebook en estos dos años.

En las municipales y autonómicas de 2015, el PSOE logró alcanzar la presidencia de seis comunidades autónomas con el apoyo directo o indirecto de Podemos y/o sus confluencias y otras formaciones territoriales, como en el caso de la Comunitat Valenciana (además, Extremadura, Castilla-La Mancha, Baleares, Aragón, y Asturias, en este caso con el apoyo de IU) Las alcaldías de importantes ciudades españolas volvían al PSOE de la mano también de Podemos y sus confluencias; y las más significativas, Madrid, Barcelona y Valencia, regresaban a la izquierda de la mano del PSOE.

En esas elecciones municipales y autonómicas de mayo, centenares de miles de electores llenaron las urnas con sus quejas legítimas (los abstencionistas reincidentes, los que practicaban la política de salón sin haber bajado nunca a la arena, los que buscaban partidos nuevos por curiosidad, los que acusaban al bipartidismo de su propia indiferencia o los indignados por mil razones -la corrupción, las nefastas políticas económica y social del PP y lo que todos ellos consideraban un PSOE demasiado centrado hacia la derecha, eran las más importantes)

Podemos -más interesado en su propia construcción y matar al padre (todo muy freudiano)- abordó una burda estrategia de acoso y derribo al PSOE (en la hemeroteca siguen vivas las intervenciones con las que entonces Iglesias, Monedero, Errejón, Bescansa, Mayoral y tantos otros, arengaban al personal)

C’s, por su parte, lanzó un zarpazo y arrastró a una parte del votante “ilustrado” del PP. En la mayoría de las ocasiones, propiciado por propios ex-militantes del mismo PP.

En el PSOE existía un rún-rún que se llevaba arrastrando desde principios de ese año 2015, cuando Sánchez -contra pronóstico de quienes le habían apoyado un año antes- manifestó abiertamente su deseo de presentarse a unas primarias para elegir al candidato a la presidencia del Gobierno. La candidatura por Madrid, con la inclusión en los primeros puestos de la ex-diputada de UPyD Irene Montero– y la ex-comandante Zaida Cantera, por delante incluso de Eduardo Madinamolestó seriamente a buena parte de la militancia. Y en mi opinión también, fue un gran error.

El resultado del PSOE en las elecciones del 20 de diciembre no fue ni mejor ni peor que el obtenido en noviembre de 2011. Fue distinto. Fruto de un panorama político muy diferente. Con más partidos en liza por el centro-derecha y por la izquierda. Con Mareas, Confluencias, independentistas y nacionalistas hartos en Catalunya y en la C. Valenciana. Con el proceso de los ERE abierto, con puertas giratorias y sin explicaciones claras, con errores ciertos de la dirección política (Ejecutiva y Comité Federal), con intervenciones públicas poco afortunadas en boca de quienes debían actuar con prudencia, con los medios de comunicación más importantes de este país muy entretenidos con el juego de la nueva política y con nosotros, los socialistas, enredados en las redes sociales a golpe de tuit y calentón-facebook, librando batallas inútiles y actuando como pre-adolescentes (conocidos socialistas con miles de seguidores en tuiter como Martu Garrote o Pérez Tapias harían bien en repasar su historial de este año)

Aún así, era posible la investidura de Sánchez con el apoyo de Podemos y de Ciudadanos y, por tanto, un gobierno de cambio real y de amplio espectro.

Significativamente, el mismo día que Sánchez se entrevistaba con el jefe del Estado para recibir el encargo de formar gobierno, Iglesias comparecía en rueda de prensa rodeado de su gobierno: repartió Ministerios, a los que puso nombre y apellidos, exigió la creación del Ministerio de la Plurinacionalidad (con una Secretaría de Estado para comunidades y naciones), se ungió con la Vicepresidencia y reclamó el control de la RTVE y del CNI.

En realidad, Iglesias estaba anunciando en directo que no habría apoyo y que, de haberlo, la negociación previa pasaba necesariamente por dinamitar al PSOE públicamente (seguía latiendo el concepto freudiano de matar al padre para construir Podemos)

Las bases socialistas, la militancia, consideró un insulto imperdonable aquella rueda de prensa. Susana Díaz, que preside la Junta con la oposición de Podemos y que tuvo que recurrir a Ciudadanos para garantizar un gobierno del PSOE en Andalucía, puso el grito en el cielo. Las relaciones entre un partido y otro se tensionaron extraordinariamente y la potente federación socialista andaluza, con Díaz a la cabeza, se negó a rebajar el tono. Eso provocó que otras federaciones, como la asturiana, enfrentada a Podemos en el Parlamento de aquella comunidad autónoma, se pronunciaran en los mismos términos que la andaluza.

Salieron declaraciones públicas de relevantes miembros del partido que defendían posturas encontradas al respecto. Y el ruido llegó a las RRSS y a las cabeceras más importantes del país. Eso, ruido innecesario que perturbaba el silencio y la prudencia para poder reflexionar.

Una vez que Sánchez logró una base de diálogo con Ciudadanos, Iglesias lanzó una nueva propuesta: era innegociable un referéndum en Catalunya. Pablo Iglesias sabía sobradamente, que, con Ciudadanos en la mesa de negociación, ese órdago era tanto como impedir cualquier otro acuerdo. Cuestión que, de paso, sublevó a las voces más centralistas del PSOE (Díaz, Vara, Page, Bono, González, Guerra, Ibarra…)

Avanzó un acuerdo de legislatura con Ciudadanos, pero Podemos ya tenía decidido mucho antes que en realidad no querían comprometerse en gobernar España, que aún no era el momento y que lo prioritario seguía siendo construir el partido a costa de lo que fuera. Y sus dirigentes empezaron desde ese mismo momento a preparar la nueva campaña electoral que desembocaría en una cita el 26 de junio.

Cada una de las tácticas llevadas a cabo por Podemos entre el 21 de diciembre y el 3 de marzo, mostraban su estrategia: seguir arrinconando al PSOE y lograr una nueva convocatoria electoral en la que -según apuntaban sus tesis doctorales– conseguirían aún más escaños.

Sin embargo, la grosera intervención de Pablo Iglesias en el debate de investidura del 3 de marzo, tampoco fue del agrado de una parte de Podemos y sus confluencias. El gesto de Errejón vaticinaba un cambio urgente en las formas y en el fondo.

Y así fue como Pablo Iglesias abrazó la socialdemocracia repentinamente, reivindicó como extraordinaria la figura del ex-presidente Rodríguez Zapatero y encumbró al ex-presidente González en el Olimpo de los grandes políticos del siglo XX.

 

Con estos mimbres, incluidas las intervenciones públicas de algunos miembros destacados del partido en contra abiertamente del secretario general y de editoriales y tertulianos reincidentes declarando su muerte política (de nuevo El País, LaSexta, El Mundo, A-3, etc.), Sánchez afrontó la campaña de las elecciones de junio de este año.  En algunos territorios del Estado, la desgana de algunos dirigentes era más que evidente.

Aquel rún-rún que había en el PSOE a principios de 2015, se había convertido en la banda sonora de la campaña.

El 26 de junio, el PSOE obtuvo 100.000 votos menos que seis meses antes; vistas las circunstancias, no fue una debacle. Podemos perdía más de 1.100.000 votos, a pesar de haberse engullido a IU y sus siglas.

El PP se consolidó como primera fuerza recuperando parte de los votos entregados a Ciudadanos y estos corrían el peligro de convertirse en irrelevantes.

El 9 de julio de este año, el Comité Federal del PSOE decide el “no” a la investidura de Rajoy y el “no” a un posible pacto con las fuerzas nacionalistas vascas y catalanas para lograr un gobierno de cambio con el apoyo de Podemos y de Ciudadanos; y el secretario general cumple con lo acordado en ese órgano superior [cosa que, por cierto, se contradice con lo desvelado en los últimos días por Felipe González que afirmaba que durante una conversación privada tras el 26J, Sánchez le había asegurado el voto en contra en la primera votación y la abstención en la segunda. Si Sánchez hubiera hecho eso, González sabe mejor que nadie que el Comité Federal hubiera fulminado inmediatamente al secretario general -y con toda la razón- por haber incumplido lo acordado en ese órgano]

Ciudadanos necesitaba nadar para no hundirse y se apresura a erigirse en pieza fundamental de una posible investidura de Rajoy, dejándose por el camino las promesas de regenaración política, de líderar la lucha contra la corrupción y otras tantas. No importa: Rivera afirma que “está dispuesto a no tener credibilidad, si es por el bien de España”

Iglesias Rivera rechazan sentarse juntos en una misma mesa para explorar junto al PSOE algún acuerdo que garantice la formación de un gobierno alternativo al de Rajoy.

El “no es no” del PSOE ya no aguanta. No a Rajoy, No a pactar con los nacionalistas vascos y catalanes y No a unas terceras elecciones. El Comité Federal tenía atado de pies y manos al secretario general.

Sánchez cometió el más grave de todos los errores hasta ese momento: no haber convocado inmediatamente un Comité Federal, exponer las dificultades y argumentar su opinión acerca de la conveniencia o no de abrir líneas de diálogo con vascos y catalanes, y ampliar las existentes con Podemos aprovechando la cercanía que Errejón y otros líderes de esa formación estaban demostrando, frente a un Iglesias cada vez más cuestionado por su propia organización.

La pregunta era sencilla: “compañeros y compañeras del Comité Federal, he hecho lo que acordamos, ¿y ahora qué?”

Hubieran hablado, opinado, debatido y votado, que para eso está el Comité Federal. Y debieron haberlo hecho a principios de septiembre.

Pero no fue así y la situación se pudría día tras día.

La campaña socialista de las elecciones vascas y gallegas fue un desatino soberbio. Abel Caballero, alcalde socialista de la ciudad más grande de Galicia, Vigo, y presidente de la FEMP, se negó públicamente a participar en la campaña porque no le gustaba el cabeza de lista [calcular el daño electoral de su actitud no debe ser difícil]

A esas alturas del baile, con continuas intervenciones reprobables por parte de significados dirigentes durante nueve meses y con todos los titulares en contra a lo largo de ese tiempo, asumir los malos resultados electorales en Galicia y en Euzkadi quizá no era lo más delicado; no dejaba de ser la gota que desbordada un vaso colmado.

Sin embargo, aún podía ir todo a peor. Y fue.

La convocatoria del Comité Federal para el sábado pasado, vino precedida del dictamen de El País que el jueves 28 de septiembre indicaba el modo de proceder para evitar la celebración de ese Comité y le dedicaba un editorial a Sánchez que pasará a los anales de la desvergüenza del periodismo profesional.

El País pedía la dimisión en bloque de la mitad de la Ejecutiva Federal y mostraba sus cálculos -con la bellaquería de contabilizar la vacante de Pedro Zerolo tras su muerte [confieso que cuando lo leí me quedé estupefacta, pero recobré el ánimo cuando pensé que nadie sería capaz de cometer esa barbaridad]

Sin embargo, dicho y hecho: al día siguiente, diecisiete miembros de la Ejecutiva firmaban su dimisión en un mismo documento que Antonio Pradas, una de las múltiples “mano derecha” de Susana Díaz, presentaba en Ferraz.

El bochornoso espectáculo de este fin de semana, me lo voy a ahorrar. Pero no me resisto a destacar las zafias declaraciones durante su minuto de gloria ante las cámaras de TV, de la presidenta del Comité, Verónica Pérez“la autoridad en el PSOE ahora soy yo, les guste o no a algunos” (otra mano derecha” de Susana Díaz); la torpeza más que evidente de Óscar Luenala petulancia irresponsable de Abel Caballero en su entrevista en el Objetivo de Ana Pastor; y la vanidad irrefrenable de G. Ferreras.

Opto por la serenidad y la reflexión de Miquel Iceta, también en el mismo programa de la periodista Ana Pastor y por la brillantez de la exposición y la pedagogía de Josep Borrell anoche mismo en El Intermedio

 (

)

 

Por lo demás, me alegra haber escrito este post porque no sabéis cuánto me ha ayudado a reflexionar.

 

160929forges

 

 

 

¡Que Dios os pille confesados!… yo ya lo he hecho.