Lunes 16 de enero de 2017.

Curioseo en el pasado reciente y sonrío. Por lo intuido y por lo sabido, sin que a estas alturas lo sorprendente de lo ocurrido -sus formas y su contenido- me desconcierte. Ahora.

Así son las cosas cuando el tiempo las empequeñece para entregárnoslas desnudas; cuando descubrimos que es cierto, que existe la política de la posverdad y que la sufrimos.

 

 

Posverdad. La palabra que define la situación que se instaura para crear y moldear la opinión pública en beneficio de quien lo hace. Un modo de actuar fundamentado en el culto a las emociones de los demás para satisfacer los deseos propios no desvelados.

Y sí, ocurre.

Apelar a las emociones, encender los ánimos o hincar el diente a los sentimientos, diluye los hechos objetivos (la verdad, lo cierto, lo exacto) para que dejen de servirnos como referentes para analizar la realidad. Y eso es lo que hace esa clase de “políticos” enfundados en la política de la posverdad.

En la política de la posverdad triunfa lo que aparenta ser verdad y lo que debe ser verdad; porque cuando se azuza nuestra carga emocional, que es frágil, no encontramos razones para creer lo contrario. Así somos.

En este pueblo nuestro de cada día, también. 

Cuando curioseo en el pasado más reciente, hay hechos (objetivos) que corroboran lo que digo. 

Bastó con poner en circulación en las cámaras de eco [redes sociales en las que las voces disonantes son apartadas] bulos y calumnias apoyados en la exaltación de las emociones de los demás, para que la verdad aparente cundiera.

En apenas unos días, tras mi renuncia, “los contratos a dedo” de los que se me acusaba, ya no lo eran (nunca había sido verdad); “los asesores”, cuyos servicios eran prescindibles según esos políticos de la posverdad, resultaban imprescindibles (mientras fui alcaldesa, siempre lo habían sido);  resultó ser lógico que la persona de confianza de la alcaldía tuviera jornada completa, a pesar de que la política de la posverdad no lo consintió mientras yo estuve; “liberar a un concejal” lo consideraban innecesario, pero pasó a ser urgente y se liberó a dos.

Todas las anteriores dejaron de ser exigencias para aprobar el presupuesto; como también dejaron de serlo “acabar con la gestoría externa”, “un despacho propio para todos los grupos municipales”, o que la Policía Local perdiera su retribución en concepto de productividad…

Hay más hechos objetivos que podría enumerar y que respaldan que la política de la posverdad ha venido para quedarse, cueste lo que cueste.

¡Huir!

 

 

 

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