25 de junio de 2020

Cuenta la tradición familiar que la noche de san Juan de 1958, mis padres fueron al cine de verano como hacían cada día y que fue allí donde mi madre “notó molestias” -que es como ella describía el dolor insoportable.

Mis padres regresaron a casa a toda prisa porque la noche se venía encima y aunque mi madre era una jabata, la luna no iba a ayudar entretenida como estaba en acabar de menguar. Por eso y porque el quejido de mi madre fue perentorio: “Pepe, açò mou…” Y mi padre, que no estaba acostumbrado a escuchar un lamento de mi madre y que temía lo que no comprendía, llamó a mi abuela Amparo que era la que comprendía y luego, si convenía, se enredaba en los temores.

D.Carmelo, el ginecólogo, era un médico parsimonioso y taciturno que entendía a las mujeres desde la distancia académica, aplicando esa observación meticulosa y curiosa que despliegan los científicos ante un ejemplar vivo que nunca acaban de comprender.

Aún no eran las 12 de la noche del 23 de junio y D.Carmelo, mientras calculaba con el tacto el espacio-tiempo como hecho físico, le preguntó a mi madre, “Amparín, moleste?” Respondió mi abuela, claro.

Así echaron la madrugada los dos, D. Carmelo y mi abuela. Preguntándose uno sobre la complejidad insondable de la maternidad y santiguándose la otra con la salmodia que siga lo que Déu vullga i prompte”

Mientras tanto, mi madre asistía a ese diálogo o lo soñaba. En realidad, ella pensaba en mi padre, en el miedo que a partir de entonces les uniría para siempre; y en el dolor inmenso que la asombraba.

Amaneció el día de san Juan y D.Carmelo musitó: “Serà llarg”  y se fue a descansar. Poco, todo sea dicho; porque al poco rato les advertí que me iba a asomar. Lo hice, pero abandonar la calidez del vientre de mi madre no me gustó y regresé por donde había venido, para su disgusto y el de mi abuela. D. Carmelo se mantuvo circunspecto. “Amparín, moleste?”, insistía machaconamente mientras me buscaba a tientas.

Y dice la tradición familiar que así nos pasamos otro día mi madre y yo, ella invitándome a nacer y empujándome a hacerlo y yo resistiéndome con terquedad.

Mi madre apenas recordaba nada del 24 de junio, salvo sus súplicas a D. Carmelo,  su lacónica respuesta, “la naturalesa, Amparín”; y entre sueños, en medio de aquella pesadilla, la presencia de ánimo de mi abuela y a mi padre, sacado en volandas, antes de que se desvaneciera de nuevo. 

Contaba mi abuela que encargó que encendieran todas las velas de la Seu, y que eso ayudó. Y que la luna comenzara a crecer esa noche por primera vez en varios días, también. 

Llegamos las tres sanas y salvas a la madrugada incipiente del 25 de junio. Mi abuela entera, mi madre exhausta y yo aún por nacer. 

Más de cuarenta y ocho horas naciendo sin hacerlo en serio y de una vez, no podía ser bueno para nadie. Y eso debió pensar D. Carmelo, porque aceptó tener que dejar de lado el curso natural de las cosas y animarse a intervenir. Entrada la madrugada, alrededor de las cinco, decidió encontrarme donde fuera que me hubiera escondido en las entrañas de mi madre. 

Y me encontró y yo nací. 


via pinterest | Velas de feliz cumpleaños, Saludos de feliz ...