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Blog de Amparo Sampedro Alemany

ESCRIBIR PARA PENSAR

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2020

Banderas, las justas. Y los tomates, maduros.

29 de junio de 2020 (a propósito del 28 de Junio)

Hay personas en este país que interpretan las sentencias del Tribunal Supremo con la misma soltura que el resto de los mortales elegimos los tomates para el gazpacho. O sea, manoseando y sin que se note.

Tomate de pera - Wikipedia, la enciclopedia libre

No hace falta acudir a la doctrina del Tribunal Supremo para entender que las banderas no oficiales no pueden ondear junto a las oficiales. Igual que no es necesario toquetear los tomates para saber si te van a servir para el gazpacho.

La razón es muy sencilla: solo sirven los tomates maduros, y eso se ve; y las banderas oficiales están sometidas a una ordenación para su colocación, y eso también se ve. Punto.

Un tomate de ensalada altera el significado (gustativo) del gazpacho y una bandera no oficial altera el significado (institucional) de su ordenación, que está sujeta al ordenamiento jurídico.

Es decir, que la “bandera” de El Corte Inglés, por ejemplo, no puede compartir espacio con ninguna bandera oficial, porque no puede participar en la ordenación. Ni en el interior de un edificio ni en el exterior.

Sin embargo, hasta la fecha, a nadie se le ha ocurrido expresar su malestar patriótico e impedir (con juzgado por medio) que en la calle Colón de València -pongo por ejemplo- ondeen muy juntitas las enseñas de una empresa privada y la de un Estado cuyos residentes, en su gran mayoría, no compran los tomates en sus tiendas.

Por lo tanto, menos tonterías y banderas solo las justas.

Las banderas en el exterior de los edificios oficiales explican que ese edificio es la sede de una administración pública, ya sea local, autonómica o de la administración general del Estado. Aquí y en Roma.

Nada ni nadie impide (tampoco el Tribunal Supremo) que el exterior de un edificio oficial se engalane con colgaduras que celebren /reivindiquen /conmemoren una fecha o un hecho relevantes. No importa que sea el 2 de Abril (Día mundial de concienciación sobre el autismo), el 8 de Marzo, el 1 de Mayo, el 28 de Junio o el 1 de Diciembre (Día internacional contra el SIDA)

Hablar con propiedad tiene muchas ventajas, la fundamental es saber de qué estamos hablando. Según la RAE, una bandera es, en su primera acepción: “Tela de forma comúnmente rectangular, que se asegura por uno de sus  lados  a un asta o a una driza y se emplea como enseña o señal de una nación, una ciudad o una institución”

La famosa sentencia del Tribunal Supremo, conocida en vísperas de la celebración del 28 de Junio, habla exactamente de eso: de banderas. Y el movimiento LGTBi+ no tiene una “bandera” sino un símbolo, los colores del arco iris, que lo representan. 

Para este año, ya es tarde. Pero a ver si para el que viene hemos aprendido comprender los tomates solo con mirarlos y las banderas también.

El cuento de nacer y haber nacido

 

Cuenta la tradición familiar que la noche de san Juan de 1958, mis padres fueron al cine de verano como hacían cada día y que fue allí donde mi madre “notó molestias” -que es como ella describía el dolor insoportable.

Mis padres regresaron a casa a toda prisa porque la noche se venía encima y aunque mi madre era una jabata, la luna no iba a ayudar entretenida como estaba en acabar de menguar. Por eso y porque el quejido de mi madre fue perentorio: “Pepe, açò mou…” Mi padre, que no estaba acostumbrado a escuchar un lamento de mi madre y que temía lo que no comprendía, llamó a mi abuela Amparo que era la que comprendía y luego, si convenía, se enredaba en los temores.

D. Carmelo, el ginecólogo, era un médico parsimonioso y taciturno que entendía a las mujeres desde la distancia académica, aplicando esa observación meticulosa y curiosa que despliegan los científicos ante un ejemplar vivo que nunca acaban de comprender.

Aún no eran las 12 de la noche del 23 de junio y D.Carmelo, mientras calculaba con el tacto el espacio-tiempo como hecho físico, le preguntó a mi madre, “Amparín, moleste?” Respondió mi abuela, claro.

Así echaron la madrugada los dos, D. Carmelo y mi abuela: preguntándose uno sobre la complejidad insondable de la maternidad y santiguándose la otra con la salmodia “que siga lo que Déu vullga i prompte”

Mientras tanto, mi madre asistía a ese diálogo o lo soñaba. En realidad, ella pensaba en mi padre, en el miedo que a partir de entonces les uniría para siempre; y en el dolor inmenso que la asombraba.

Amaneció el día de san Juan y D.Carmelo musitó: “Serà llarg”  y se fue a descansar. Poco, todo sea dicho; porque al poco rato les advertí que me iba a asomar. Lo hice, pero abandonar la calidez del vientre de mi madre no me gustó y regresé por donde había venido, para su disgusto y el de mi abuela. D. Carmelo se mantuvo circunspecto. “Amparín, moleste?”, insistía machaconamente mientras me buscaba a tientas.

Cuenta la tradición familiar que así nos pasamos otro día mi madre y yo, ella empujándome a nacer y yo resistiéndome a hacerlo.

Mi madre solo recordaba del 24 de junio de 1958 sus súplicas a D. Carmelo, la lacónica respuesta de él (“la naturalesa, Amparín”) y a mi padre, sacado en volandas antes de que se desvaneciera de nuevo.
Contaba mi abuela que encargó que encendieran todas las velas de la Seu y que eso ayudó. Que la luna comenzara a crecer esa noche, también.
Llegamos las tres sanas y salvas a la madrugada incipiente del 25 de junio. Mi abuela entera, mi madre exhausta y yo aún por nacer.

Más de cuarenta y ocho horas naciendo sin hacerlo en serio y de una vez, no podía ser bueno para nadie. Y eso debió pensar D. Carmelo, porque aceptó dejar de lado el curso natural de las cosas y se animó a intervenir.

Bien entrada la madrugada, alrededor de las cinco, decidió encontrarme donde fuera que me hubiera escondido en las entrañas de mi madre. Y me encontró y yo nací.

 

 

 

 

 

¡Tú eres “Sánchez”, Casado!

Estado de alarma. Día 72 (fase 1_octavo día)

Cualquiera somos “Sánchez”, Pablo. Y tú lo eres, ¡hazte el ánimo!

En mi primer día de terraza, un “Sánchez” disfrutaba del aperitivo en la mesa de al lado. Los críos parloteaban y la pequeña repetía su nombre completo. Por eso lo sé. Lo del apellido, digo.

Me acordé de ti, Pablo. Imaginé que el “Sánchez” que estaba tomándose una cerveza a dos metros de mi mesa, eleva un respingo cada vez que te oye pronunciar su apellido con un desprecio insultante. Y eso me llevó a pensar que la insolencia que te distingue es la que te nombra.

“¡Que no eres tú, que es el presidente!”, deben haber escuchado mil veces los “Sánchez” de nuestras vidas.

En un país como el nuestro, huérfano de cultura política, el uso perverso del lenguaje pasa desapercibido y el desprecio institucional es la regla general. Tú eso lo sabes, Casado, y te pusiste manos a la obra para extender aún más la desconsideración y el menosprecio hacia las instituciones y a las personas que las representan. Embarrar el terreno institucional y con ello desprestigiar al propio Estado, nunca te ha importado demasiado. Es cierto.

Editorial: Pablo Casado no deja de sorprender con sus aportaciones ...

Muestras tu desdén y dices “Sánchez”, con la misma arrogancia con la que exiges banderas ondeando a media asta para envolverte en ellas y crespones negros enormes que escondan tu resentimiento. Porque de eso se trata, Pablo, de que necesitas olvidar que él es el presidente del Gobierno y que tú no lo eres.

“Sánchez” podemos ser cualquiera, pero cualquiera no es el presidente del Gobierno. Y tú eres “Sánchez”, Casado, como mi vecino de mesa, aunque te pongas a “pasar revista” al personal sanitario y que ese comportamiento tuyo ridiculice aún más tus rabietas; y aunque ocupes un puesto en la presidencia de un acto oficial, mal diseñado a propósito y vergonzosamente resuelto, para hacerte un hueco en él.

Que no, que no eres el presidente del Gobierno. Que tú eres “Sánchez“, Casado, como podemos ser cualquiera.

Las cosas que he aprendido (hasta ahora)

Estado de alarma. Día 64. (fase 0_decimocuarto día)

Durante estos 64 días he aprendido algunas cosas importantes:

  1. La ducha antes de dormir, con agua fresca, relaja.
  2. Las sábanas limpias y su aroma: placer recuperado.
  3. El espacio en el que vivo: territorio reconquistado.
  4. No es necesario comprar en el supermercado cada semana. Alivio.
  5. Lo del papel higiénico sigo sin comprenderlo. Ni caso.
  6. Las canas no nos afean o sí. Resuelto.
  7. La lluvia nos apacigua. Como siempre.
  8. La realidad no te pone los pies en el suelo, eres tú quien lo decides.
  9. Hay motivos para guardar la ropa vieja, pero hay más razones para renegar de la que nos ha vestido hasta ahora.
  10. Me gusta la primavera cuando se quita el abrigo, porque se desnuda.
  11. Mi inclinación natural a la inventiva culinaria se la debo a mi madre.
  12. Leo con avidez porque intento impedir atragantarme con el miedo.
  13. Escribo para pensar y no al contrario.
  14. Rocafort está demasiado lejos del mar. Y eso pesa.
  15. Mi patria no es solo mi infancia, sino la habitación de mi hija y su cama. Todo lo que me ha llevado hasta ahí lo explica y soy muy afortunada porque no lo olvido. Ni quiero.

[…]

11. Algo debió pasar en la EGB, porque, en general, la comprensión lectora y oral no ha progresado adecuadamente con los años.

12. Agradezco poder aprender a diario, aunque me cueste.

13. Me gusta la política, en el buen sentido de la palabra (como decía A. Machado)

14. Aborrezco las cabezas que embisten y admiro a la que piensa -Machado otra vez.

15. Debatir tiene sentido, cuando las partes ofrecen argumentos sólidos y muestran disposición de ser convencidas.

[…]

He aprendido muchas cosas más. Y seguiré detallándolas.

El Roto

Mamá, ¡si yo te contara!…

Domingo, 3 de mayo de 2020 (cincuenta días en estado de alarma)
El día de mi madre.

 

Si yo te contara, mamá, que la vida que dejaste hace cuatro años, cuatro meses y dieciséis días, se nos ha escurrido entre las manos en apenas un rato de esta primavera… Si te lo contara, mamá, y tú lo vieras, llorarías sin que lo supiéramos porque nunca has permitido que tus miedos y tus dudas se extiendan sobre nosotros.

Si yo te contara, mamá, que los días los calculamos asomándonos a las ventanas; que no hay semanas ni meses sino fases, que la más real de nuestras certezas es la incertidumbre, que seguimos vivos y que eso ya es mucho. Si yo te contara eso, mamá, y tú lo vieras, apaciguarías mi desconcierto con tu ternura inmensa. Me mirarías, mamá, con esos ojos enormes que no necesitan palabras para explicarse y que siempre han velado por que nos situáramos en el lado correcto en cada momento.

Si yo te contara, mamá, que aplaudimos cada día para agradecer esta vida nueva -angustiosa y sin agarraderas sólidas, más allá de nuestras convicciones cuando no tambalean-, si te lo contara y tú lo vieras, te imagino en tu balcón mirando el mar, tratando de hilvanar certezas a las que cosernos.

Si yo te contara, mamá, que ya no estás aunque me roces con tus besos cada día; si yo te lo contara, mamá, te enfadarías conmigo.

Que ya lo sé, mamá, que no estás muerta, que soy yo la que está aprendiendo poco a poco a morirse. Y eso también me lo has enseñado tú y no sabes cuánto te lo agradezco, madre.

Blog ZAC | La nueva maternidad y paternidad para las personas ...

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