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Blog de Amparo Sampedro Alemany

ESCRIBIR PARA PENSAR

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Política

Indefensión

 

Martes 6 de noviembre de 2018

 

La vida pública está alcanzando el límite que nos situaría al borde de lo detestable.

Que la derecha se haya instalado en el debate bronco para intentar protagonizar el espacio institucional, es grave. Que haya prendido la demagogia y la falta de escrúpulos en el debate público para esconder la insolvencia de su discurso político, es alarmante.

 

Resultat d'imatges de Casado y Rivera

 

Resultat d'imatges de Rivera bandera España

 

En España, debilitar las instituciones no es una tarea imposible porque la cultura política, la formación política, es frágil.  Si a eso añadimos que hay quien se emplea a diario en invitarnos a desconfiar de ellas, con palabras y con hechos, el despropósito puede no tener marcha atrás. No hablo solamente de quienes lideran en la actualidad el espectro conservador y ultra del arco parlamentario, que tanto empeño están poniendo en fulminar la serenidad y la reflexión del debate; hablo también, en este caso, de funcionarios públicos a quienes corresponde muy especialmente defender el funcionamiento ordenado de las instituciones, para preservarlas precisamente de los vaivenes provocados por políticos despreciables y de sus adláteres.

De todas las instituciones, probablemente la que encarna la Justicia sea a la que más “verdad” le pedimos, la que más próxima necesitamos sentir, porque la protección de nuestros derechos es lo que nos garantiza la libertad y la convivencia: como individuos y como miembros de la sociedad a la que pertenecemos.

Sabernos a salvo de las agresiones que puedan infligirnos en cualquiera de los ámbitos en los que nuestra vida se desarrolla, es un derecho irrenunciable y, por lo tanto, una obligación incuestionable de quienes han de velar por él.

Lo peor del lamentable espectáculo protagonizado por el Tribunal Supremo, a cuenta de la rectificación de una sentencia propia sobre las hipotecas, no es que la banca haya ganado (que también); lo peor, lo más doloroso, es el sentimiento de indefensión que ha recorrido todo el país como un calambrazo, hasta dejarnos temblando.

 

Resultat d'imatges de justicia

(fuente: El Periódico)

Si el máximo Tribunal es capaz de sentenciar una cosa y su contraria en la misma semana, atendiendo, presuntamente, a los poderosos intereses de la banca, ¿qué nos queda por ver? En el ámbito de la Justicia ya ha habido actuaciones, cuanto menos sorprendentes, que han juzgado actitudes similares o idénticas arrojando resultados diferentes.

El sentimiento de indefensión angustia y paraliza, como el miedo. Cuando el miedo se instala en la sociedad, sus individuos reaccionan con agresividad. La desconfianza en quien debería protegernos puede convertirnos en lobos solitarios. Heridos y peligrosamente humanos.

 

(Publicado en El Periódico de Aquí, el jueves 15 de noviembre de 2018)

 

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De limpieza, ¡por fin!

 

15 de julio de 2018. Domingo.

 

Ya estoy cansada de pensar en silencio. Vuelvo a escribir para pensar.  Es más útil. Impúdico y arriesgado, quizá; pero eso nunca me ha importado demasiado.

Hace meses que no soy un perfil activo en facebook y he considerado borrarlo. No lo he hecho todavía. A estas alturas, confirmo que muchas actitudes me aburren y que aborrezco otras tantas. No es alarmante llegar a esa conclusión; sucede de manera natural, cuando consigues tomar distancia y enrolarte en otras travesías apasionantes: atreverte a dar un giro extraordinario a tu carrera profesional y, a la vez, revolver tu casa entera tras más de treinta años viviendo en ella.

Corroboro que disfruto muchísimo aprendiendo y que mi trabajo me lo permite a diario (soy una buena alumna, no lo voy a negar). Y le pongo voluntad, como siempre he hecho para satisfacer la curiosidad que nunca he querido dejar de cultivar.

Mi casa ya no es un altar fragmentado en honor a episodios anteriores de mi vida en singular. No renuncio a ninguno de ellos porque reconozco a la mujer que soy. Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, y así es como he conseguido crecer a lo largo de mis sesenta años.

He decidido conservar algunos documentos que ilustran la mayoría de mis decisiones públicas. Su valor reside tanto en la segura reconciliación conmigo misma como en la presumible desestabilización de las conciencias de otros. Sin embargo, me importa mucho más guardar en mi memoria los hechos que la apaciguan que mantener abiertas las evidencias de los errores ajenos.

No pretendo obligar a una revisión exhaustiva, ya no la necesito; pero quienes la hayan hecho, saben de qué hablo.

Resultat d'imatges de de limpieza

 

Sí, ¡por fin he hecho limpieza!

Volveré…

 

 

 

 

 

¡Que les den!

 

Viernes 2 de febrero de 2018.

 

De la declaración de Ricardo Costa ante la Audiencia Nacional, solo me sorprendió su esfuerzo por evitar el tono displicente y súper-pijo-que-te-cagasshh al que nos había acostumbrado.

Todo lo demás: cómo nos ha esquilmado el PP, en nombre de quién y para qué, cómo ha ganado elecciones de manera miserable, cómo ha engañado y cuánto nos ha humillado; eso, ya lo sabíamos.

En la Comunidad Valenciana llevamos más de dos décadas consumiendo la corrupción que el PP extendió sobre nuestro territorio. No hablo solamente de la que exprime las arcas públicas, sino de la otra; de la que no se cuantifica con euros.

Hablo de la que corroe la convivencia: la corrupción impuesta por el sectarismo con el que ese partido político anega las instituciones públicas; la que transforma el respeto en obediencia debida y el liderazgo político en mesianismo.

Costa no le agradezco ni su confesión ni su arrepentimiento. Judicialmente, no desprecio el valor de su declaración; políticamente, es insuficiente y me asquea.

Es posible que el PP haya abandonado las prácticas corruptas con las que enlazaba su financiación y el poder institucional, obligado por las evidencias que resaltan los medios de comunicación desde hace tiempo. Es posible, sí.

Pero no ha renunciado a la otra: a la corrupción del sistema democrático en todos sus ámbitos.

Costa no declaró en vano; rubricó su confesión con una cinta anudada a su muñeca, que mostraba los colores de la bandera española.

La misma cinta con la que se pavonea la inmensa mayoría de los actuales dirigentes del PP

Un guiño de Costa que no deberíamos pasar por alto: “sí, todo lo hacemos por España”

¡Anda y que les den!

 

Resultat d'imatges de Ricardo Costa foto EFE

(Imagen: EFE)

Pinta chungo: cambio de época

 

Domingo 14 de enero de 2018

 

La última vez que escribí aquí, saqué a relucir el discurso que pronunció el jefe del Estado, apenas unos días después del referéndum en Catalunya.

He tardado mucho en volver. El exceso de información satura y cuando lo absurdo se convierte en lo cotidiano, prefiero alejarme.

En realidad es que estoy harta de tanta torpeza y de la impostura; asisto atónita a la debilidad de los resortes de la política y al desfile de estupideces y de errores, y vivir en la perplejidad constante también consume el ánimo.

 

Resultat d'imatges de hartazgo

 

 

Lo sucedido en Catalunya es vergonzoso y peligrosísimo: lo miremos por donde lo miremos.

Si la línea de separación de poderes del Estado ya era difusa desde hace unos años, ahora sabemos que ni siquiera existe. Es tal la permeabilidad entre el ejecutivo y el judicial, que, en los últimos meses, el gobierno de España se ha convertido en vocero del segundo sin que sobresalga un clamor público que les obligue a ambos a rectificar.

Sesudos analistas difunden el éxito de Ciudadanos, azuzados por un cambio de época que se dicta desde los despachos de siempre. A nosotros, lectores y oyentes, solo nos permiten ser cómplices de sus propios errores. Sin discusión.

Nos guste o no, es cierto que ese cambio de época planea sobre nuestras cabezas; estamos conviviendo ya con los principios que la sostendrán y no creo que las alertas argumentadas que algunos han lanzado sean suficientes para evitarla.

O sea, que pinta chungo. Todo: la nueva época a la que nos abocan, tras el periodo de hartazgo al que nos han sometido.

#JoderQuéTropa

 

El rey sí tiene quien le escriba

Miércoles 4 de octubre de 2017

No sé si todos sabemos que las líneas fundamentales de los discursos del rey son las que determina el Gobierno de España. Este gobierno o cualquier otro. Tanto el de anoche, como los que lee en sus visitas oficiales y en cualquiera de sus intervenciones institucionales.

Se dice, se cuenta y se sabe, que el actual jefe del Estado estudia y analiza con detenimiento los papeles que le escriben y que es frecuente que introduzca alguna aportación propia. Eso sí: sin modificar las líneas fundamentales que ha marcado el Gobierno.

Su comparecencia estaba siendo reclamada desde diversas tribunas públicas, a causa de la situación extraordinariamente delicada en la que nos encontramos.

Hubiera podido dirigirse a todos los ciudadanos sin exclusión, es decir, también a los catalanes independentistas, y poner el énfasis en la urgente necesidad de que todos, absolutamente todos, nos esforcemos en el diálogo, la conciliación y la negociación. Y hubiera podido brindarse a ejercer el papel que le asigna la Constitución, que es el del arbitraje en la cuestiones de Estado.

No lo hizo.

Las líneas fundamentales de su discurso estaban calculadas milimétricamente, de manera que no entorpecieran la hoja de ruta diseñada por el Gobierno de España desde hace tiempo, y por el PP desde 2006, en este asunto. No solo que no la entorpecieran, sino que la ratificaran y la legitimaran.

Hubiera bastado introducir un guiño a la fraternidad, un gesto para la concordia y un par de palabras de aliento para aliviar las heridas -¡tantas heridas!- en el cuerpo y en el alma.

Y no lo hizo.

Se jugó mucho el jefe del Estado anoche; demasiado, en mi opinión. Pero eso sí fue una decisión suya. Incluida la escenografía, con un retrato de Carlos III en el tiro de cámara  -el rey que prohibió el uso del catalán en 1768-, sosteniendo en su mano derecha lo que fácilmente podía confundirse con una porra.

 

Resultat d'imatges de Carlos III uso del catalán

 

Su discurso añadió más dolor al que ya existe y más tristeza si cabe, porque ha cundido la desesperanza.

No hay dudas sobre quién le escribió su discurso de ayer y con qué propósito. Ni tampoco las hay sobre otras muchas cosas.

(Una pena que esta vez no tuviera tiempo de estudiarlo y analizarlo previamente. ¿O sí lo hizo?)

 

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