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Blog de Amparo Sampedro Alemany

ESCRIBIR PARA PENSAR

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pura vida

Jo sí tinc por!

 

 

Lunes 21 de agosto de 2017

 

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Sí, tengo miedo y no voy a esconderlo.

Tengo miedo de los periodistas (?) a los que se les brindan tribunas públicas para que esparzan su odio y proclamen sus bajezas. Y temo a los medios de comunicación que lo permiten.

Tengo miedo de los ignorantes en general y, en particular, de los que administran páginas en las redes sociales y se consideran investidos para sentenciar con las afirmaciones más reaccionarias. Y temo a quienes los jalean.

Tengo miedo de quienes pervierten las palabras y las libertades para acomodarlas al hueco enorme de su falta de inteligencia. Y temo a quienes, sabiéndolo, callan, porque son mucho más astutos.

Tengo miedo de quienes públicamente dicen tenerlo, porque su discurso es una falacia que esconde intereses repugnantes. Y temo a sus seguidores.

Tengo miedo de tipos como Alfonso Rojo, Arcadi Espada, Isabel Sansebastián o Tertsch y tantos otros subidos a los púlpitos de los medios. De políticos vulgares como Mayor Oreja, Cayetana Álvarez de Toledo y otros miles más. De humoristas que, como Peridis, me sellaron la sonrisa hace tiempo. De cabeceras apestosas que se regodean en los conflictos, animándolos o creándolos.

Tengo miedo de los simples, porque son los usuarios de la demagogia. Y también de algunos que se consideran intelectuales y analistas, cuando echan mano de la conquista de Granada.

Tengo miedo de quien escribe en su perfil de twitter, tras el bárbaro atentado del pasado jueves: “Tranquilos. Irán a la cárcel, pero tendrán cama y tres comidas diaria”. Y tengo miedo porque ese personaje administra una cuenta en Fb con centenares de seguidores. Hay miles en las redes sociales que actúan de ese modo tan irresponsable y terrible: desde el presidente del país más poderoso del mundo hasta el niñato ése que, además, vive en mi pueblo.

Fijaos si hay motivos para tener miedo: ¡demasiados!

 

 

 

El pellizco de la Navidad

Domingo, 4 de diciembre de 2016

 

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Cuando observas de cerca el mes de diciembre, ya no hay solución: estás atrapada en la Navidad.

No la aborrezco ni tampoco tengo “cuñaos sabe-lo-todo” que conviertan las reuniones familiares en un suplicio. Al contrario, estamos bien juntos y nos sigue emocionando el Adeste fidelesCocinamos con cariño, disfrutamos compartiendo mesa y mantel y bebemos sin que nadie se despeñe.

Hablamos, curioseamos, debatimos sin que haya angustia vital que nos obligue al desparrame y los seis nietos de mis padres siguen llamando a gritos a Papá Noel, como cuando eran pequeños y yo les aseguré que esa era la única manera de hacernos visibles.

Mi hija, desde muy pequeñita, aprendió a llamarle y, cuando sus enormes ojos brillaban y su dedito me señalaba las luces del puerto mientras balbuceaba su asombro, la Navidad me daba un pellizco. A su vocecita se unieron con los años las de mis sobrinos Carla, Sofía, Jordi y Catalina, y este año incorporaremos la de Paco. Pellizcos que han ido mordisqueando las navidades de mi vida.

Duelen los pellizcos con los que la Navidad quiere rescatarnos porque ofrecemos una resistencia racional a aceptar que lo que significó para nosotros hace años, es irrecuperable.

Con los años he aprendido que no existe el espíritu navideño. Y que lo que conservo es el sentimiento entrañable de una emoción antigua que mis padres, mis abuelos y mis hermanos me enseñaron a reconocer. Una emoción limpia y asombrosa que, con el tiempo, alumbró un íntimo sentimiento de agradecimiento hacia todos y cada uno de ellos.

Eso es mi Navidad, agradecimiento. Resulta vano su pellizco para rescatarme, porque mi tiempo de Navidad es lo que mi voluntad y mi memoria ahora no están dispuestas a borrar. Nunca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Noviembre

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Miércoles, 30 de noviembre de 2016

Noviembre tiene una consistencia diferente, correosa, lenta, insegura. Como febrero.  

Noviembre no es un puerto al que llegar porque no es un mes definitivo, es, si acaso, un mes definitorio de la muerte.

En mi biografía, noviembre es el mes que esculpió la muerte de mi madre. En silencio y lentamente. Por la espalda, a traición. 

El de 2015, avanzó arrastrándose. Apenas escribí aquí, en mi blog. Noviembre fue un latir extraño, quejoso pero tibio. Así puedo describir la muerte porque la he escuchado llegar: una aproximación tibia y ofensiva. Para mí, que estoy viva.

Cuando diciembre apenas había cumplido un par de días, descubrí que noviembre había estado modelando con sigilo el terrible anuncio de la muerte de mi madre.

 

¿Conciliar?… ¡Anda, ya!

Miércoles, 16 de noviembre de 2016

 

Hace días, escribí una entrada a propósito de la dedicación de muchos concejales a sus obligaciones en sus ayuntamientos y el “castigo” que suelen sufrir en su trabajos habituales.

A veces, reflexionar u opinar sobre asuntos de esta índole sin explicar con datos de qué estamos hablando, no revela el alcance de lo que estamos diciendo.

Por eso, hoy voy a contar la historia de una mujer.

Una mujer que trabajaba en una empresa privada y que era considerada una excelente empleada. Cumplía con creces los objetivos que le marcaban, desarrollaba con éxito los programas de formación a los que se inscribía, era extremadamente puntual en su horario (de 08h a 16h de lunes a viernes -fueran o no festivos- y fines de semana alternos), atendía a los clientes con amabilidad y diligencia, superaba al resto de sus compañeros mensualmente en número de ventas. Una trabajadora ejemplar.

Su empresa anunció que iba a abrir un proceso de mejora de empleo. Su jefa la llamó para informarle de que ella merecía como ningún otro empleado ese ascenso. La animó a presentarse a un curso de formación exprofeso y le garantizó ese ascenso. Ella se inscribió, asistió al curso y lo aprobó sin ninguna dificultad.

Por entonces, ella había aceptado formar parte de una lista electoral. Fue elegida concejala.

Cuando su empresa lo supo, se molestó: ¡concejala y de izquierdas!, pensaron.

En su ayuntamiento los plenos se celebraban bimestralmente en martes a las 11 de la mañana, porque el alcalde de entonces y su equipo municipal pretendían evitar la asistencia de público y, de paso, dificultar la de los concejales que estaban en la oposición como ella.

Ella solicitaba a su empresa los permisos para ejercer su deber público, un derecho constitucional, ¡vamos! Los conseguía a regañadientes a pesar de que la legislación laboral estaba de su parte.

Cuando el proceso de mejora de empleo se abrió, ella no estaba en la lista de admitidos. Sorprendida, habló con su jefa.  No había duda, le anunció que su situación iba a cambiar: la política no es nada bueno, si al menos te hubieras presentado por el PP, para la política ya están los políticos, tú te lo has buscado,…

Los permisos para asistir a los plenos (un derecho reconocido en la legislación laboral) le costaron la mejora de empleo y la pérdida de incentivos mensuales porque su ausencia durante unas horas en su jornada laboral -una vez cada dos meses- computaba negativamente.

Cuatro años más tarde, aquella mujer formó parte de un gobierno municipal. Su empresa aceptó que se ausentara del trabajo un día a la semana, a cambio de que no disfrutara de ningún día libre el resto de la semana (incluidos sábados, domingos y festivos) Por tanto, su día libre semanal lo dedicaba por entero al ayuntamiento; además de dedicarle todas las tardes, una vez acabada su jornada laboral a las 16h. Con su empeño y su extraordinaria dedicación, logró importantes mejoras para la vida de las personas que vivían en su pueblo.

 

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Al leer todo lo anterior, habrá quien piense que nadie la obligó a ser concejala. Es cierto, nadie la obligó. Como tampoco nadie obliga a un bombero a plantar cara a un incendio, a un cirujano a meterse en un quirófano diez horas o a un músico a ensayar con su banda los viernes a partir de las 11 de la noche.

Admiramos la profesionalidad de los bomberos, de los cirujanos, de los músicos de una banda,… Nos deslumbra la dedicación de los buenos cocineros, el paciente trabajo de los ceramistas, la labor entusiasta de los investigadores o que las bolilleras pierdan la vista en sus filigranas.

Defendemos a pecho descubierto la enorme dignidad de esas profesiones y oficios (y centenares más que se me quedan en el tintero). Sin embargo, despreciamos el trabajo valiente y honesto de los buenos políticos que ejercen su labor en los pequeños ayuntamientos y desdeñamos su extraordinaria dedicación.

Son personas que no desenchufan cuando asoma el fin de semana o los periodos vacacionales, que duermen con el móvil conectado sobre la mesilla, que están cuando llegan los bomberos, que visitan discretamente al cirujano para interesarse por la salud de un vecino, que no faltan a los conciertos de la banda porque creen en ella, … Son personas de carne y hueso que quieren a su familia con locura, pero que anteponen el compromiso con su pueblo; personas que se dejan la piel y un trozo de vida en una labor pública que muchos son incapaces de valorar, que siguen despreciando y que se castiga.

 

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(Imagen: El Roto)

 

Aquella mujer extraordinaria tuvo que renunciar a su vocación política y a seguir con su labor admirable en beneficio de la gente de su pueblo. Se había jugado su puesto de trabajo y demasiadas cosas más.

Jode, y mucho, que aún no seamos capaces de reconocer que el ejercicio honesto de la política es un servicio público tan digno como cualquier otro.

[Claro que, en este caso como en tantos otros, los demagogos han jugado un papel fundamental]

 

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(Imagen: El Roto)

 

 

Aprender con la muerte

Madrugada del 2 de noviembre de 2016 (Día de los difuntos)

 

La noche de Ánimas, mi abuela Amparo solía contarme las historias de sus muertos. Lo hacía con tanta naturalidad que una de aquellas noches creo que vi a mi bisabuelo, su padre muerto más de cuarenta años antes.

Para mí, entonces, la muerte solo era un contratiempo. A escondidas de mi madre, de pequeña acompañaba a mi abuela al cementerio de Gandia para hurgar juntas en la memoria de sus muertos. Recuerdo que yo cruzaba con sumo cuidado de una tumba a otra buscando las fechas que ella tenía anotadas y los nombres completos de su memoria, entre cruces desvencijadas y túmulos minúsculos.

Ella, que era toda una señora de las de aquella época, no se permitía un requiebro en su conducta y mucho menos ante la mirada -casi siempre felina- de la sociedad a la que pertenecía; por eso, nuestras visitas se interrumpían durante los días en los que las familias acudían al cementerio para limpiar las lápidas y llenarlas de flores. Yo no lo entendía y paseaba de las manos de mis padres cada 1 de noviembre, con el abriguito que inauguraba el invierno, acumulando besos y pellizcos en las mejillas, por un cementerio muy diferente al que yo descubría con mi abuela el resto del año.

Por entonces, para mis padres la visita al cementerio era una obligación social que cumplían a regañadientes. Tampoco lo entendía, porque para mí aquel lugar -de la mano de mi abuela- contenía todo tipo de aventuras: las historias de personas valientes, matrimonios felices, matrimonios de conveniencia, adulterios perseguidos, enfermedades sin nombre, pérdidas irreemplazables, historias de amor inquebrantable, accidentes fortuitos, vidas centenarias, suicidios silenciados y algún que otro asesinato. Visitar a menudo lo prohibido: lo que entonces se conocía como el cementerio civil o protestante, abandonado a la suerte de sus tumbas secas, olvidadas y malditas, a causa de sus muertes innombrables y temibles.

Nada de todo eso formaba parte aún de la que por aquellos años era mi acolchada realidad, pero de alguna manera pude intuir que tarde o temprano la muerte y las vidas que arrebata también iban a ser mías.

A lo largo de los años, durante aquellas visitas con mi abuela, comprendí que paseamos entre nuestros muertos para insistir en la certeza de que seguimos vivos.

 

 

Resultat d'imatges de cementerio de Gandia

(Cementerio de Gandia, foto: Levante-emv)

 

Con el tiempo, mis padres dejaron de visitar el cementerio. Mi padre, porque nunca estuvo en sus planes morirse y le entristecía sobremanera aceptar lo inevitable. Mi madre, porque se rebeló contra una obligación social que detestaba y entendía que la muerte no era más que el viaje a ninguna parte en el que todo acaba. Ella sí que regresó, conmigo en alguna ocasión para enseñarle lo que mi abuela me había revelado de aquel remanso de paz y años más tarde, tras la muerte de mi padre, con mucha frecuencia en compañía de mis hermanas pequeñas.

Yo seguí visitando el cementerio asiduamente. Con mi abuela mientras vivió y sola después.

Aquellos paseos me permitían reconciliarme con la vida. Con mi vida de adolescente enfrentada con el mundo; con la muerte de Salva que, a mis 15 años, conquistó mi llegada al existencialismo y, que, naturalmente, abandoné años más tarde. Con mi vida de universitaria en permanente ebullición; con mis miedos reales y mis poquísimas certezas. Con mi vida adulta y mis contradicciones. Conmigo y con mis muertos.

Sigo haciéndolo. Nunca en la época en la que los cementerios se llenan de flores y de lamentos en público porque, como decía mi abuela, al Camposanto se va para hablar con los muertos y no para saludar a los vivos.

 

Cementerio Ramon Aupi Chimo Chamorro N 33 NOVIEMBRE

(Cementerio de Rocafort, foto: Ramón Aupí)

 

 

 

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