Domingo 25 de octubre de 2015

En la plaza de Manises, el paisaje urbano apenas ha cambiado en los últimos veinticinco años. El Palau de la Generalitat, el de la Batlia, el de los Scala,… un jardincillo diseñado con poca fortuna, una preciosa farmacia desaparecida, el estanco, un par de cafeterías y los tradicionales atascos en la calle Serranos que desemboca en la plaza.

Hasta hace apenas tres meses -esos 100 días que concedemos con displicencia a los gobernantes para que nos cambien el mundo y la vida- el paisaje urbano de la plaza convivía con un paisaje humano compuesto mayoritariamente por tipos de aspecto relamido (hombres y mujeres), enfundados, en general, en sus trajes casi idénticos. Ellos, con los gaznates sujetos a nudos asfixiantes de corbata y ellas uniformadas según los cánones del Ensanche de Valencia con concretas incursiones en el centro histórico.

Ese aspecto exponía un fondo marcial, distante, bastante altivo, y autoritario. Muy autoritario.

Las formas explican el fondo, de eso no hay duda. Y no porque, en este caso, una corbata de Hermès o una falda de Etro definiera incondicionalmente a quienes las vestían, sino porque quienes las vestían las convertían en su modo de posicionarse frente a los demás. El hábito no hace al monje, pero lo identifica; especialmente, si el monje tiene cosas que esconder.

El paisaje urbano de la plaza no ha cambiado; los palacios, el estanco, el hueco de la preciosa farmacia, el par de cafeterías y los atascos, se mantienen. Sin embargo, salta a la vista que el paisaje humano es totalmente diferente.

Ahora, no cruza la plaza una corbata de Hermès ni el plisado de Etro (que también habrá); ahora pisan la plaza de Manises hombres y mujeres que protagonizan gestos que a lo largo de más de 20 años se habían convertido en extraordinarios. La amabilidad, la naturalidad, la cordialidad y la cortesía de esos hombres y mujeres, constituyen un regalo que la inmensa mayoría de los observadores de la plaza hemos incorporado felizmente a nuestra rutina en apenas 100 días.

Sí, es asombroso. Y rigurosamente cierto.

Acercaos a la plaza y observad: el nuevo paisaje humano es alentador.

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