Domingo 6 de mayo de 2012

¡Ay madre mía!

Te miro a los ojos y te escabulles en mi abrazo para que no descubra que el cansancio ha aguado tu mirada.

Tu mirada, mamá, la que nos ponía alerta, la que nos mantenía en silencio ante las visitas formales, la que nos permitía un paso adelante en nuestras aventuras de niños, la que brillaba ante nuestros pequeños éxitos, la que nos animaba a seguir adelante y a vivir por encima de todo.

Tu mirada serena, mami. Tu mirada valiente que nos reconfortaba mientras buscabas y encontrabas el hueco exacto para demostrarnos que nosotros debíamos aprender a alzar la nuestra.

Mirada de madre que protege, que ama sin límites con la generosidad que nos enseñaste.

Allí estábamos hoy todos tus hijos y los hijos de tus hijos (faltaba Fiona, llorosa a través del teléfono porque su trabajo de investigación le ha impedido estar con nosotras) Pero estaba Catalina, mamá, brincando en el vientre de tu hija pequeña para anunciarte que la abrazarás de un momento a otro.

¡Ay, madre mía! … tu mirada de agua explica tus noches de insomnio y de tristeza: tus manos entrelazadas con las del papá.  Hoy, de nuevo, la ambulancia ha roto tu madrugada… Y tú, callada y agotada, le acompañas para que recupere el alivio aunque en cada viaje te consume la tristeza.

No hay palabras, ni abrazos, ni miradas, ni gestos… no hay nada que pueda describir lo que siento: ¡Ay madre mía!

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